4 Mi disfraz de Beyoncé

Vaqueros recién lavados de los que cuesta meter, de los que cuando pegas el último “saltito” se quedan encajados de tal forma que sientes que tus muslos y tu culo se han convertido en los de Beyoncé y te crees igual de sexy. Camisa de cuadros ajustada, ya sabes, el toque masculino y femenino al mismo tiempo. ¿Tacones? ¡Venga valiente! ¡Noche de tacones! Pisando con fuerza, con elegancia, intentando aparentar que los llevas de forma habitual, como las presentadoras del parte meteorológico. Maquillaje sencillo pero con gracia. El pelo, media hora con la plancha echando humo. De fondo me acompaña “El ritmo de garaje” de Loquillo, me miro en el espejo y hago un “mini playback” en modo chulesco “Tu madre no lo dice, pero me mira mal. ¿Quién es el chico tan raro con el que vas?”  Perfume y preparada para lo que venga.

Lidia y Blanca ya estaban sentadas cuando llegué. Blanca es otro de mis grandes apoyos. Blanca es sencilla, simple, inocente, no suele darle más vueltas de las necesarias a las cosas. Su forma de ver la vida es fácil. Según ella lo complicado es saber lo que quieres, su teoría es que cuando lo sabes tienes que seguir un camino que no te haga perder de vista tu objetivo. ¿Lo consigues? Bien ¿No lo consigues? No hay nada peor que no haberlo intentado. Ella es así: ¿Quieres esto? A por ello. ¿Te sobra esto? Elimínalo ¿Ya no quiero esto? Cambio el rumbo  ¿Te pica? Pues rasca.

– Blanca, ¿Ya te has mudado definitivamente a casa de Marcos? – le pregunté.

– Sí, ya es oficial, no vivo sola –respondió.

– ¿Y qué tal? –preguntó Lidia.

– Muy bien.  Salvo algún día que echo de menos mis ratitos, hacer las cosas a mi manera, tonterías.  Bueno, lo peor de todo… Aún no me he hecho con el baño. ¡No he cagado como dios manda en dos semanas! –dijo bajando un poco el tono.

– Que fina eres… –añadió Lidia, a ella le incomodan mucho estas conversaciones tan naturales.

– A mí también me pasó cuando me fui a vivir con “aquel” (tengo prohibido mencionar su nombre). Crees que tienes confianza con alguien, que vuestra  relación es transparente y natural, es todo tan bonito… Hasta que te das cuenta que tu príncipe azul ¡es el causante de tu estreñimiento! Y el día que te vea con la mascarilla de arcilla en la cara… Saben de su existencia, pero cuando veas su cara…-le expliqué.

– Pues cuando veas su cara te cagarás del susto y…¡¡Problema solucionado!!  ¿En serio? ¡Temo que empecéis a  hablar sobre la última faja que os habéis comprado y creo que no podría soportarlo! –comentó Lidia con la esperanza de cerrar el tema.

Una cerveza, dos, tres, un cubata…Nunca hemos sido muy divas de la noche y las discotecas, pero sí de los bares y las cervezas y sin quererlo ni beberlo (es un decir, porque lo quisimos y lo bebimos, ¡Vaya que si bebimos!) estábamos metidas en un Irish Pub en plena Barceloneta. No sé quién tuvo tremenda idea, la gente que vive en Barcelona evita en cierta época del año las zonas masificadas de turistas y más por la noche. Llámalo alcohol, llámalo “Lidia se está meando”, llámalo “nos metemos en el primer garito que esté abierto”. Nos sentamos en la barra y en un intento de dejar el bolso apoyado en el taburete miré hacia el suelo y vi un papel de color anaranjado que me activó la alarma de… ¿Dinero? Como si fuera algo instintivo y sin muchas esperanzas de que realmente fuera un billete, de repente, me vi agachada entre una multitud de personas alrededor de la barra, lo cogí y de nuevo estaba sentada en el taburete con un papel en el bolsillo y la sensación de que me había petado el pantalón al agacharme. Intenté disimular por si lo había perdido algún adolescente borracho de los que teníamos alrededor. No está bien, lo sé, pero yo he estado borracha, yo he perdido dinero… ¡Y a mí ninguna alma caritativa me lo ha devuelto!

– ¿Clara? ¿Qué haces? –preguntó Blanca.

– Nada – respondí mientras me intentaba levantar.

– ¿Estás recogiendo colillas del suelo? –insistió ella.

– Creo que me he encontrado 50 euros – dije acercándome a ellas- No estoy segura, lo miro luego me está mirando el tío de atrás, disimulad.

Entre la tontería que llevábamos y la situación de “tengo un papel en el bolsillo pero no sé si es un billete” no podíamos parar de reír, adoro esos momentos. En esos momentos no dolía, no dolía nada.

Se nos fueron las horas en esa barra. Hablamos de mi pequeña evolución anímica, criticamos a la industria farmacéutica, opinamos sobre las mechas californianas, Blanca nos hizo spoiler del último capítulo de Juego de Tronos y le hicimos pagar una ronda. Aplaudimos el último Salvados de Jordi Ébole y los últimos chistes de Cabronazi en Instagram. Y como siempre solucionamos entre nosotras los problemas del gobierno actual ¿Cómo? Que lo averigüen ellos que para eso cobran. Nos aplaudieron por cantar y desafinar como nadie cuando sonó “Living on a prayer” de Bon Jovi. A Lidia la echaron dos veces del baño de los chicos hasta que le explicó al encargado que tenía un problema de “incontinencia urinaria precoz” y el baño de las chicas siempre estaba lleno, el pobre inocente la creyó.  Blanca empezó a decir que nos quería cada 10 minutos, Lidia se metía con ella cada vez que lo hacía y yo llevaba más 3 horas sin pensar y sin parar de reír. No dolía nada.

Al salir del bar nos dirigíamos a un pequeño pub que había cerca y de camino conocimos a un grupo de amigos que celebraban el cumpleaños de una de las chicas del grupo. Parecían gente muy abierta y nos acogieron enseguida para que fuéramos con ellos. A Blanca le costaba muy poco caer bien a la gente y  Lidia cuando bebía era muy graciosa, perdía ese pequeño toque de timidez que tiene con los desconocidos e igual que usaba su descaro para decirte cuatro cosas y caerte bien o mal, lo usaba para hacerte reír. Me quedé observando a cada una de esas personas con envidia, todos tan sonrientes, tan espontáneos, tan felices… Entre ellos una pareja de novios, diría que llevaban poco tiempo saliendo porque estaban demasiado pendientes el uno del otro. – El próximo fin de semana podemos ir a la montaña- le dijo ella. – Ah pues sí, podríamos pasar el día allí – le contestó él. Mis pensamientos se envenenaron en cuestión de segundos: “Y se creerán diferentes al resto del mundo, y pensarán que lo que están viviendo nadie puede igualarlo, que la vida es perfecta, que juntos van a comerse el mundo y que su felicidad está escrita para el resto de los días. Hasta que uno se canse y decida que todo se ha acabado, y claro el otro lo tendrá que entender ¿Por qué? Porque según él o ella “es lo mejor para los dos” ¿Por qué? Porque el más fuerte, lo habrá decidido así, es como la selección natural, Darwin siempre tuvo razón”

No sé si fue esa situación la que hizo que me llenara de ponzoña, solo sé que de repente  me dominó una sensación de tristeza y tuve la enorme necesidad de irme a casa. Y eso hice, sin decir nada a nadie cogí la dirección opuesta al grupo y me fui. Le envié un mensaje a Lidia aunque sé que me vio cuando me estaba yendo, ella sabía que era mejor dejarme ir.

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Me fui a casa andando, me apetecía estar sola. Me toqué el pantalón y sí, efectivamente lo tenía roto por el culo, debió romperse cuando noté aquel tirón al agacharme. ¿A quién pretendía engañar? ¿Vaqueros recién lavados para marcar más? Pero si odio los vaqueros recién lavados, si a veces me cuesta tanto ponérmelos que cuando lo consigo no sé si quitármelos y ducharme de nuevo del “sofocón” que me da de tanto esfuerzo. Me paré a quitarme los zapatos, el dolor de pies empezaba a ser insoportable. ¿Tacones para pisar con fuerza? ¿Cómo la presentadora del parte meteorológico? Sí yo soy y he sido toda mi vida de bambas y siempre he pensado que la presentadora se pone los tacones durante los minutos del parte y luego vuelve a su casa con unas Vans. ¿Maquillaje sencillo? ¡Pero si con el pastizal que llevaba cuando llegué a casa se podía hacer un Pollock! Los treinta minutos de plancha se fueron a la mierda cuando la humedad de la noche decidió desvelar que mi pelo no es liso y que tengo un remolino en el flequillo. La canción de Loquillo en este momento sería más bien “Cadillac Solitario” y os mentí, no me puse perfume, me puse una muestra de colonia que regalaban con la Vogue. En ocasiones me da por disfrazarme de alguien que se cree mejor, más guapa y más feliz, una pequeña dosis de autoestima pasajera. Si lo pensamos bien es un absurdo, detrás de ese disfraz seguimos estando mis inseguridades, mis miedos y yo.

Me he levantado con una resaca monumental y la boca como si hubiera comido cemento. He sonreído al recordar momentos, a pesar de todo, hacía tiempo que no me reía tanto. Últimamente paso del positivismo de la abeja Maya a la tristeza de Calimero en cuestión de segundos.

Por cierto, la noche me salió barata tengo 50 euros en el bolsillo.