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9 Mentes cerradas, bocas abiertas

Sábado por la mañana. Mi móvil se había quedado sin batería y vi pasar mi vida por delante cuando me encontré ante el último intento de insertar el código pin correcto. Tengo un gran problema con las  contraseñas y no hago nada para solucionarlo, lo sé, es tan fácil como apuntarlo en algún lugar pero no, a algunas nos gusta vivir a lo loco. No tengo el pin guardado en ningún lado, nunca espero dos horas de digestión para bañarme, estiro lo justo antes de salir a correr, acepto los “términos y condiciones de uso” sin leerlos, no siempre me desmaquillo antes de ir a dormir ¡Y desconecto el USB sin seguridad! ¡Qué alguien me pare! – Era “2011”– me decía bastante segura-  Joder, joder, no sé dónde tengo la tarjeta con el Puk- pensaba ¿Sabes qué? ¡All in! ¡Apostándolo todo! Cómo quién está a punto de tirarse de un avión pulsé las teclas del teléfono con la  tensión que el momento acompañaba. Como si estuviera desconectando una bomba, cable rojo, cable verde,… Realmente lo único que hice fue marcar el mismo número que en las dos ocasiones anteriores pero más concentrada, dos…, cero…, uno… y uno… Como si fuera el teléfono el que no se entera. Pulsé Ok. Tarjeta bloqueada. Me cago en la puta.  ¡Pero si era ese número! Puto teléfono. Puto código pin. Puta memoria la mía. Puto vocabulario el mío. Al final va a tener razón Blanca que siempre me dice que cuando me cabreo me sale una vena choni, quizá fui una de ellas en otra vida. Estaba sin teléfono. Que puta rabia. ¡Puta vida tete! 😉

La noche anterior me había ido a tomar algo con los compañeros de trabajo, la semana había sido eterna, marrones por aquí, jornadas interminables, jefe en modo “lo quiero para ya” y un sinfín de situaciones estresantes.  Con la de horas que habíamos pasado juntos parecía que hasta nos daba pena separarnos el fin de semana y acabamos tomando unas cañas al salir.

  • Dios, estoy destrozada. No me puedo creer que mañana no vaya a sonar el despertador- pensé en voz alta.
  • Pues suerte la tuya, yo seguro que a las 7 ya tengo a los niños dando la lata – comentó Ana.
  • Hubieras adoptado un gato Ana – le contestó Javier.

Ana se pasa el día quejándose de todo, cuando no son sus hijos  es su marido, cuando no es la suegra es su cuñada. Algunos compañeros le siguen el rollo pero Javier y yo no podemos, quizá nos cuesta empatizar con ella pero no soportamos que se pase el día con frases como “ya me lo dirás cuando seas madre”, “claro, como tú no estás hipotecada” o “¿Deporte? ¿Y de dónde saco yo el tiempo?” Es curioso como a pesar de su apretada vida de madre, mujer casada e hipotecada es la primera que se apunta a unas cañas al salir de la oficina…

  • Han dicho que mañana colgarán en la web el ganador del premio “Trabajador Del Año”- dijo Ana.
  • Ah ¿sí? – contesté fingiendo entusiasmo.
  • Si me lo dieran a mí… ¡Con lo que hemos gastado este mes!- siguió Ana
  • ¿Es que no te llega para hacerle la sesión de belleza al perro? Pobre, le ladrarán en el parque por llevar las puntas abiertas ¿O no tienes para la asistenta Ana? Si quieres voy yo a limpiarte  la casa– le contestó Javier algo molesto.
  • Javier, después pásate por la mía – dije para romper un poco la tensión que se estaba creando.

En parte, entendía perfectamente la actitud de Javier ante algunos comentarios de Ana. Ana vive en una casa en uno de los barrios más pijos de Barcelona. Está casada con un directivo de una empresa de construcción internacional, ella trabaja por mero entretenimiento. Además, su madre heredó una fortuna al morir su abuelo que la hizo crecer en una familia bastante acomodada. Es cierto que puede molestar con comentarios de ese tipo pero ella no sabe que es la verdadera necesidad o, mejor dicho, la necesidad como la entiendo yo. Para ella “no llegar a fin de mes” es tan solo una frase hecha cuyo significado no es literal, para muchos otros es una realidad. Diría que hace este tipo de comentarios para sentirse uno más de nosotros pero no le sale. A Javier al contrario, le cuesta ahorrar algo entre los gastos mensuales y de ahí que su límite ante los comentarios de Ana sea fácil de cruzar.

En cuanto al premio anual, era una pantomima que se había inventado mi jefe para callarnos cada vez que alguien le recordaba que en otras empresas los empleados tienen pluses por objetivos conseguidos. Y a falta de incentivos, se cree que nos motiva con el premio que cada año los directores de cada departamento dan al que consideran su mejor trabajador. En mi departamento este premio solo está al alcance de cuatro infelices “lame culos” que se pasan la vida en la oficina ¿Pero cómo va a saber mi jefe quién es el mejor trabajador? ¿Si ni siquiera  tiene el despacho en nuestra planta? ¿Si no ha estado nunca en nuestro puesto? Es como preguntarle a aquel que nunca se ha emborrachado a qué saben unos espaguetis con tomate a las siete de la mañana. Hace dos años se lo llevó Carlos, la mano derecha del jefe, su amigo, el padrino de su hija, no te digo más. El año pasado lo ganó Inés, la mujer de Carlos, muy trabajadora no lo niego pero ¿En serio? ¡Qué descaro! Ese año nos quejamos a recursos humanos explicando el ridículo de la situación. Desde entonces Carlos nos cogió mucha manía y manifiesta su odio con comentarios déspotas y altivos de vez en cuando.

  • ¿Y cuál es el premio este año?- preguntó Javier.
  • Un cheque con valor de 300 euros y un fin de semana familiar en Disneyland – le dije.
  • Bueno, ya sabemos dónde va a pasar Carlos sus vacaciones de navidad– respondió Javier con rin tintín.
  • ¿Dónde? – Preguntó Ana con curiosidad- tardó unos segundos en pillar la ironía.
  • Está claro que para ganar ese premio tienes que trabajar lo que no está escrito para llevar todo al día, eso implica hacer horas extras que te pagarán a su manera, nunca reprochar una bronca aunque sea injusta, caerle bien a alguien con el que hablas más por email que cara a cara y si consigues todo eso no pretendas hacer amigos en la oficina– comenté.
  • En resumen, vivir para trabajar- añadió Javier.

En la oficina corría el rumor de que Carlos e Inés se estaban divorciando, no podíamos confirmarlo porque trabajaban en puestos diferentes y las veces que se les veía juntos tenían un trato cordial, como siempre. Hace una semana acabé de despejar la duda cuando el jefe me llamó para intentar moverme las vacaciones, mientras los dos mirábamos el cuadro de vacaciones de la plantilla para ver que se podía hacer se me fue un ojo y observé como Carlos e Inés las tenían en meses diferentes, algo que no era habitual, se estaban separando fijo.  Normal, pensé ¿quién va a aguantar a ese tío? A Javier y Ana no les había dicho nada de mi descubrimiento por miedo a que se enterara toda la oficina, son dos compañeros encantadores pero nunca les cuentes un secreto.

  • ¿Sabes qué Ana? Yo aun no entiendo que haces trabajando, si yo fuera tú me pasaba la vida viajando. Vendría solo a ver a mis padres de vez en cuando  –  dijo Javier. Le llamaba mucho la atención que alguien como Ana trabajara sin necesitarlo.
  • ¿Y qué hago con los niños Javier? ¿Y qué le cuento yo a mi marido? ¿Qué ahora quiero hacer de Willy Fog un tiempo? – explicaba Ana sin ofenderse.
  • Si yo tuviera dinero… ¡uff!- me uní a los comentarios de Javier.
  • Si tuvierais dinero os darías cuenta que no lo es todo – comentó Ana con tono de mujer mayor a pesar de que solo es cinco años mayor que nosotros.

Tras despedirnos cogí un taxi hasta casa, estaba agotada.

He pasado el fin de semana sin móvil, recordé que la tarjeta con el Puk la tengo en el trabajo desde la última vez que bloqueé el teléfono. Vivir sin teléfono es raro. El domingo quería quedar con Lidia para ir a entrenar y no veas lo difícil que es quedar sin llevar un móvil encima. Antes era tan fácil como ir a casa de tu amigo, picar al timbre y decir ¿Está fulanito? ¡Dile que baje! Ahora quién es el osado que se presenta en casa de nadie sin antes intercambiar 20 mensajes de Whatsapp, una llamada perdida para que sepa que has salido de casa, mensaje de “estoy llegando” y “mensaje de estoy abajo”, un absurdo pero te sientes más seguro si está todo bajo control. Desempolvé el teléfono fijo y quedé con ella por teléfono. Me sentía una valiente dirigiéndome al parque a la hora que habíamos quedado sin saber si Lidia había salido de casa, sin que ella supiera que yo ya estaba de camino, sin poder preguntar “Dónde estás” si llegaba y al minuto no había nadie, sin ningún control ¡Una aventura! Ya no recordaba que era mirar a mí alrededor mientras espero a alguien sentada en un banco, me faltaba una bolsa de pipas para que el momento fuera idílico.

Esta mañana salí antes hacia la oficina para activar mi teléfono de nuevo. Cuando llegué ya había gente delante del ordenador ¿En serio? ¿Un lunes? Qué motivados…

  • ¿Qué pronto llegas hoy Clara? – me comentó una de mis compañeras del grupo del fondo de la planta. Me sorprendió, ese grupo apenas habla con el resto. Bueno, habrá dormido bien pensé.
  • Sí, me caí de la cama- contesté por decir algo. Se oyeron unas risas de fondo. No era tan graciosa mi respuesta…

Fui a la máquina a por un café y me puse manos a la obra. Tarjeta desbloqueada. ¡Qué alegría que alboroto otro perrito piloto! Podía volver a respirar, mi vida volvía estar a salvo con un 3G en la mano.  Mi madre me había escrito infinitos mensajes -¿Qué haces? -¿Dónde estás? -¿Te ha pasado algo hija? -¿Te cuesta mucho contestar? -Dice tu padre que a él tampoco le contestas – ¿Será posible? – Cría cuervos…   Después de unas treinta preguntas más el último ya era: – He llamado a Lidia, anda que ya te vale, apunto he estado de ir a la comisaria. – Mamá, la próxima vez plantéate venir a  casa a ver si estoy- le contesté. Entre el spam de los grupos un mensaje de Ana: – ¡Felicidades Clara! ¡Eres la trabajadora del año!- me dio un vuelco el corazón. ¿Qué dice ésta ahora? Pensé. Encendí el ordenador y abrí el correo intentando disimular mi sorpresa ¿Trabajadora del año yo? ¿Pero qué me estás contando? No estaba yo preparada para empezar tan fuerte un lunes. Me gustaría estar saltando de alegría pero tenía un montón de sentimientos encontrados. Todos mis prejuicios me estaban dando una ostia en la cara. Yo era la “lame culos” que se había pasado horas en el trabajo para llevar todo al día,  yo era esa “matada”  que no le importaba irse una hora más tarde cada día, yo era esa trabajadora repelente que por no discutir se callaba y seguía trabajando, yo era esa. ¿Cómo no me había dado cuenta? Tras la ruptura el trabajo se había convertido en mi válvula de escape, pasar horas en la oficina era mejor que pasar horas en casa pensando y viendo como mi vida cambiaba. Yo había sido esa infeliz que se merecía el premio de trabajadora del año.

Ana se acercó risueña a mi mesa, siempre llegaba contenta al trabajo.

  • ¿Por qué no me había dado cuenta antes? Pero tú sabes que yo no soy así, ¿verdad Ana? – le pregunté casi segura de que no entendería nada.
  • Por supuesto Clara, te lo permito este año pero ninguno más – me dijo Ana entendiendo perfectamente que me pasaba.
  • ¿Y porque no me dijiste que me estaba volviendo una esclava de mi trabajo?- le dije.
  • Porque te entendía perfectamente Clara, porque yo también me refugio aquí- me contestó dejándome sin palabras.

Abrí los ojos de golpe y me sentí mal por todas las veces que juzgo sin saber nada, por las veces que hablo de otros sin mirarme antes al espejo. Me sentí mal por quedarnos siempre con lo malo de los demás y no ver más que eso como si nuestro camino hubiera sido perfecto. Yo no estaba libre de pecado y como quién se compromete a ponerse a dieta el próximo lunes me juré ser más comprensiva y menos superficial. No juzgar ni hablar tanto sin conocer. Propósito “ser mejor persona”. Justo en ese momento Carlos se dirigía hacia mí.

  • Felicidades Clara, ¿Con quién te vas a ir al viaje? ¿Con tu novio? Ah no, olvidé que…- me dijo entre risas.
  • Ja- Ja- Ja No todos tenemos el matrimonio perfecto Carlos, tú eres un afortunado- contesté. Empezaré a ser mejor persona mañana, hoy tengo muchas cosas que hacer.

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Y hablarán de ti, y lo harán muy educados. Hablarán de ti, y lograrán hacerte daño. Hablarán de ti porque tú habrás hablado. Hablarán por opinar, hablarán por decir algo. Hablarán de tu vida, hablarán sin saber de qué hablan. Hablarán por hablar y quizá te guste. Hablarán por llenar un silencio y quizá molesten. Hablarán sin empatía, porque son diferentes. Hablarán con cariño porque conocen tu historia. Hablarán sin control porque nada les importa. Hablarán y reabrirán alguna herida. Hablarán para juzgarte y no quieren ser juzgados.  Hablarán por hacer ruido porque temen el silencio. Hablar hablamos todos, quizá demasiado.