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11 Esos frikis que corren II

Todo lo que un día era la ilusión lejana de correr un maratón se ha ido transformando. Ya no es tan lejana y ya no es solo ilusión, también es cansancio, falta de tiempo, dolores, inseguridad, mucha inseguridad y miedo, mucho miedo.  No sabría decirte si esa transformación ha sido más bien dulce o amarga, quizá algo ácida. Sí, estoy en ese punto, el punto de ¿Quién me mandaría a mí?

Éste último mes me he llegado a plantear si mi vida está tan vacía como para dedicarle tanto tiempo a los entrenos. Llegar del  trabajo salir a trotar, llegar del trabajo hoy toca cambios de ritmo, salir del trabajo y 12 a ritmo alegre, y como no, domingo por la mañana tirada larga. Me completa los días pero cuesta mantener la motivación y no mandarlo todo a la mierda cuando llego muy cansada, cuando los del trabajo se van de cañas y yo ya me salté el entreno el día antes,  cuando están cayendo cuatro gotas pero yo veo un diluvio universal. Cuando ves que la vida de los demás no tiene esa obsesión por los minutos por kilómetro,  por los kilómetros semanales y por las semanas que quedan hasta el día en cuestión y a ti te gustaría poder olvidarlo aunque sea dos días. Los días que voy con Lidia se me hacen diferentes. Empezamos hablando y poniéndonos al día  y acabamos en silencio cuando ya parece que nos dejemos la vida para decir una frase ¿Sabes lo que es correr en silencio con alguien? Es confianza. Tan difícil de conseguir  como tu mejor marca.

Al principio me parecía fácil. “Es cuestión de organización” me decía a mí misma. No ha cambiado nada pero intentar cumplir con los kilómetros semanales y los ejercicios de preparación comienza a hacerse cuesta arriba. Se nota  la suma de kilómetros, la fatiga y hay días que más que una actividad lúdica y voluntaria parece un castigo. No entiendo a esos corredores que afirman estar tan enganchados que siempre tienen ganas de calzarse  las zapatillas y salir… Siento decepcionaros pero a mí eso no me pasa… A veces  tengo ganas y otras veces, que quede entre tú y yo, otras veces me apetece una mierda, así hablando claro. También a mí me parece incoherente que necesitemos sufrir un poco para sentirnos bien, llámanos raros, lo somos. Nos orgullece pasarlo mal un rato, madrugamos los días de descanso y nos gusta la sensación de piernas doloridas los lunes por la mañana. No es broma, nos hace sentir realizados ese  dolorcillo. Llámanos raros.

Tampoco entiendo a esos runners que le ponen “peros” a todo cuando no consiguen su objetivo. Siempre se delatan en la salida o en la meta de toda carrera popular. “He venido por venir  pero hoy no estoy fino”, “Me gustaría hacer marca pero he dormido fatal”, “Iba bien pero menudo viento los últimos 2 km…”, “Iba a apretar  al final pero no quise”,  “pero daban el agua en vaso…” ¿En serio? Queridos runners con “peros”… Es muy común levantarte  por la mañana y no estar al 100% y más si añades la sensación de haber dormido fatal, se llaman nervios, y nos pasa a todos pero hay que saber llevarlos y se empieza por reconocerlos. En cuanto al viento, créeme, no tiene nada personal contra ti, lo sufres tú, los de delante y los de atrás. “Intenté apretar al final…”, eso también me lo conozco, se llama quiero pero no puedo, vamos que pinchaste.  Mi “pero” es más genérico, se basa en tener el día o no. Vamos que puedo levantarme “poco fina”, sin haber dormido, encontrarme el viento de cara y beber el agua en vaso con el derramamiento y consiguiente empapado de ropa que conlleva y tener una carrera de puta madre. Por  otro lado, hay veces que me levanto pletórica y en el km 1 ya sé que el cuerpo no me acompaña, pues nada, tengo 9 km por delante para pensar en el “pero” que voy a poner al llegar a meta. 😉 ¿El circuito mal medido? ¿El sol de cara? ¿Flato? En realidad sí que los entiendo un poco a los runners con “peros”… un poco bastante.

Lo bueno de la preparación es que en el transcurso te cuelgas varios dorsales. No hay nada como pincharte cuatro imperdibles en la camiseta y cruzar una línea de meta para motivarte de nuevo y recordarte que es esa sensación la que buscas y te llena tanto. La última carrera que hicimos le dije a Lidia que fuera a su ritmo, llevaba unos días algo negativa porque había tenido una semana muy mala en el trabajo y me apetecía ir a mi aire. ¡Y menuda semanita! Me han cambiado de oficina sin darme opción y no me ha sentado nada bien. Me molesta que no tengan en cuenta mi opinión y como me puede afectar. – Es una oportunidad para crecer Clara- me dijo mi jefe. ¿Para crecer yo o él? Yo crezco con un ascenso y su correspondiente aumento de sueldo no con un ambiente laboral nuevo y desconocido. Mi  nueva oficina está llena de veteranos con poca motivación por su trabajo, vamos que me como un marrón detrás de otro y compañerismo poco por no decir ninguno. Cuánto daño hace el que trabaja quemado…  Y me enfada, me enfada el pensamiento de vamos a meter “a la motivada en la jaula de hienas a ver si se les pega algo” Y digo yo… ¿no será más eficaz meter a una hiena en un ambiente nuevo? Sí, lo sería, estoy segura, pero parece que los jefes les tienen pavor  a las hienas… No quiero detenerme mucho en esto porque aún lo estoy asimilando y quizá es una opinión precipitada pero no pinta muy bien.

 Volviendo a la carrera, Lidia pasó de mí petición y recorrió toda la carrera a mi lado, sin hablar, sin mirar, solo a mi lado. Conforme iba llegando a la mitad iba creciendo el ambiente por donde pasábamos, gente muy sonriente animándonos como si en nuestra carrera se les fuera la vida, como si llevaran dos horas esperando a que pasaras y de repente ahí estás. Incansables. Abuelos que salen a comprar el pan y sin quererlo ni beberlo ahí están aplaudiendo a los frikis que corren por su calle, familias que no dudan en nombrar  y alabar a todos los corredores que pasan mientras esperan a sus conocidos.  Niños y niñas que te chocan la mano y te hacen sentir alguien. Abuelas que te aplauden con cara de compasión porque vieron pasar a los primeros… hace mucho rato… Grupos  de amigos que no esperan a nadie pero les contagió el buen ambiente, mujeres que te aplauden más fuerte por ser mujer. El marido que espera a su esposa y cuando la ve pasar la aplaude como el que más, ella le saluda y sigue corriendo, él se queda embobado sonriendo. Madres que gritan a sus hijos “mira ahí viene papá” y los pequeños se ponen nerviosos buscando su cara entre la gente. Corredores que hoy no salieron pero saben a lo que sabe un grito de ánimo cuando las piernas empiezan a negarse. Ciclistas a los que la carrera les ha jodido el paso y esperan aplaudiendo a los que consideran compañeros. Corredores que ya llegaron y aún tienen fuerza para animar al resto. Miré a Lidia y sonreía. Me alegró tenerla al lado y compartir  ese momento. Necesitaba sentir de nuevo esa plenitud que da este deporte. Necesitaba olvidarme de la jaula de hienas. Quitarle importancia a quien no debe tenerla.  Necesitaba olvidarme de los minutos por kilómetro. Necesitaba recordar porqué  corro. Necesitaba un chute de buen rollo en vena que fuera directo a la sangre y bombeara por todo el cuerpo. Me sentó muy bien el apoyo de Lidia y la alegría que contagiaba la gente a través de las vallas. Me recordaron que hay gente buena, gente que se alegra por ti  sin conocerte, gente que aplaude tu esfuerzo sin entenderlo, gente que contagia entusiasmo, gente que da sin pedir nada. Y créeme, necesitaba que alguien me lo recordara. Gracias seres anónimos que os apuntáis a un bombardeo haga frío, haga calor, moleste el viento o el sol, gente sin “peros”, cuánto ayudáis sin daros cuenta.

 Gracias a todos, menos a los que en el km 3 dicen que ya queda poco, image4a esos no.

Y nos siguen preguntando  que  “Por qué corremos”. Corremos porque no nos enseñaron a volar (Marciano Durán)