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12 Había una vez, pero ya no

Hoy los he visto. Iban cogidos de la mano. Parecían felices. Él sonreía. Ella le tiraba del brazo como si estuvieran bromeando sobre algo. Están enamorados, se les nota. Esa fase que es mágica cuando la vives desde dentro pero surrealista y desmesurada para el ojo externo. Te mentiría si  te digo que me he alegrado por él. Te mentiría si te digo que no he pensado que un día esa chica sonriente y con aire despreocupado fui yo.  No obstante, no me he sentido mal. Está claro que ese ya no era mi lugar. No me he entristecido, ni he sentido envidia. Se me ha removido algo, no te lo voy a negar, no he identificado el que, quizá una mezcla de pasado y presente  demasiado brusca.

Tras las infinitas vueltas que le he dado a todo durante  estos meses he ido atando cabos. Siempre he creído que buscar una explicación no me iba a dar la solución a nada, pero me ha ayudado a avanzar con las cicatrices justas. Para llegar al punto en el que estoy, he aceptado que el amor se acaba, en ocasiones dicen que se transforma, no fue el caso. Desenamorarse no es algo extraño o fuera de lo normal, pero parece que nuestro querido Walt Disney no estaba muy por la labor y nunca nos habló de ello en sus películas. Y así crecemos, en un mundo ideal… hasta que deja de serlo. Echando la vista atrás me asaltan recuerdos, situaciones, gestos, miradas que yo ciega y él cobarde no vimos cómo se fueron transformando. Nuestros recuerdos ya no eran únicos, las situaciones eran frías, los gestos solo eran gestos y las miradas estaban vacías. Y así aguantamos una buena temporada. ¿Podría habérmelo dicho antes? Hubiera estado bien. ¿Podría haberme dado cuenta antes? Hubiera estado bien también ¿Por qué no fue así? Y aquí mil teorías basadas en la evidencia; La influencia de factores personales, contextuales, de experiencias vitales y porque no, educacionales. Y podría añadir también mil teorías sin ninguna evidencia; “Que sí yo he cambiado”, “que si tú ya no me escuchas”, “que nunca quieres salir con mis amigos”, “que ya no me cuentas lo que te pasa en el trabajo”. “Quizá es porque hablo demasiado” o “quizá porque tú no lo haces”. “Es que llego cansado y tú no lo entiendes”, “yo también pero lo disimulo”. “Solo necesito que me entiendas”, “¿Y a mí quién me entiende?”. “¡Me siento sola!”, “¡Pero si estoy aquí!”. “¿Has comprado el pan?”, “¿Tenía que comprarlo?”, “¡Ves como no me escuchas!  ¡Qué bien se está soltera, coño!

Mientras iba avanzando hacia ellos descarté cambiarme de acera, hubiera sido muy descarado, por lo que decidí mirar al frente y seguir. En el momento en que se cruzaron nuestras miradas  y él me reconoció, noté como se le cambiaba la cara en cuestión de segundos, yo mantenía la mirada perdida como si nada me importase. De pronto vi como metía la mano en su bolsillo, sacaba el móvil y cómo una tortuga buscando refugio bajaba la cabeza. ¿En serio?

  • ¡Hasta luego! – le dije con tono desenfadado mientras seguía caminando.
  • ¡Ey, Clara! ¡Hasta Luego!- contestó intentando disimular que ya me había visto.

No te escondas- pensé- Al fin y al cabo cada uno actuó como mejor sabía hacerlo. El dolor causado era inevitable.

Y ya ves. Ahora somos dos extraños más. Dos personas que se cruzan y ya no tienen de que hablar. Se hicieron humo nuestras promesas, nuestros planes de futuro, nuestros “pase lo que pase”. ¿A quién vamos a engañar? El “para siempre” siempre termina y el “nunca más” nunca se cumple. Demasiados cuentos nos contaron de amores ideales pero nadie se encargó nunca de contrastar esos finales. Dejémonos ya de cuentos, dejémonos ya de historias, ni mi vida acaba tras tu ausencia, ni mi ausencia marcará tu noria. Olvidémonos de los príncipes, las doncellas y las brujas con su escoba. Yo no quiero vivir un cuento, prefiero improvisar mi historia.

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