final 5

5 La dama de hierro

Últimamente los días han ido pasando sin más. Nada bueno, nada malo, todo neutro, todo gris, todo vacío. Estoy mejor, ya no hay llantos de desespero, ni tardes tirada en la cama dejando que pasen las horas sin más. Ya no hay recuerdos que me cambien la cara, ni miedo a que me pregunten como estoy. Ya no espero una llamada que haga que todo vuelva como antes. Ahora estoy en una mudanza mental en la que aún me queda alguna caja por cerrar y muchas de ellas por abrir. Tengo un puñado de ilusiones atascadas pero me faltan las ganas, que aún no se atreven afinal 5 salir.

Hoy me disponía a tomar el segundo café de la mañana cuando me he dado cuenta que en la puerta asomaba una carta. Puesto que vivo en un 4º sin ascensor, que sumando el entresuelo es como si fuera un 5º, he descartado que el  cartero tuviera ese detalle, por lo que me he empezado a cagar en mis vecinos antes de tiempo ¿De qué se quejarán éstos ahora? Pensaba mientras la abría. Esa carta, ese trozo de papel doblado, ese sobre blanco para muchos insignificante, llegaba en el momento adecuado y quién la dejó ahí lo sabía…

Se ha demostrado que la memoria graba más intensamente aquellos recuerdos que arrastran una carga emocional intensa. No recuerdo exactamente cuántos años han pasado de aquel día, quizá once, doce, creo que más. Recuerdo perfectamente que era jueves, que las noticias se centraban en la campaña electoral,  y que esa mañana escuché por primera vez la canción “Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio”, como para olvidarla, madre mía… aún me pregunto si Laura se casó o seguirá siendo virgen. Llegaba tarde a un cursillo de inglés al que me había apuntado y justo ese día teníamos que hablar sobre cómo organizaríamos un negocio con cada uno de los compañeros como empleados. Éramos un grupo reducido pero aún no nos había dado tiempo a conocernos mucho, no recordaba los nombres de la mitad pero a pesar de que siempre he sido bastante cortada, me esforzaba en darme a conocer tímidamente. No obstante, mi experiencia hasta el momento me había dejado claro que todo grupo se divide en “el líder”, “los que le siguen” y “el resto”, y como no, yo siempre  he sido muy fiel “al resto”.  Aquel día respiré tranquila cuando al profesor anunció que Paula, iba a exponer la última y los demás lo haríamos en la próxima clase.

Paula, cuanto veneno escupía aquella víbora. Con Paula ya había coincidido dos años atrás en el primer nivel cuando ambas  vivíamos en plena adolescencia, ella vivía en su nube rosa de “soy la más guapa y la más lista” y yo vivía en mi submarino amarillo de  “yo soy normal pero lo superaré”. Ella siempre era la dueña de todas las aportaciones,  de los halagos del profesor, era la más simpática, la más graciosa… No conforme también con haberse ligado al guapito de la clase, tenía que ir machacando sutilmente a aquellos que no le lamíamos el culo. Y ahí estaba yo, nunca le reí una gracia, es cierto, pero es que nunca me hizo gracia. Era como en las series americanas, yo debía rondar los diecisiete años y ella era algo más joven, éramos algo mayorcitas para jugar a Gossip Girl pero aquello no se convirtió en una jaula de lobas porque yo no podía reaccionar ante sus ataques, me limitaba a bajar la mirada. Después en casa me repetía delante del espejo lo que me hubiera gustado decirle pero nunca tuve el valor de contestarle. Respiré tranquila cuando acabó el curso. Tras comprobar dos años más tarde que Paula estaba en mi clase de nuevo no me preocupé puesto que había pasado tiempo, e igual que yo sentía que había cambiado, confiaba en que ella también lo habría hecho. Que optimista, dos años después seguía siendo la misma “bicha mala” que siempre y yo seguía sufriendo sus ataques en silencio, como se sufren las almorranas.

No recuerdo en qué consistía el negocio que expuso Paula, de hecho, siempre me costaba entenderla pero si entendí perfectamente  a Jeffrey, el nativo que nos daba clase, cuando le preguntó al finalizar su exposición del negocio:

  • What about Clara’s position in your company plan? (¿Qué hay de Clara en tu plan de negocio?)- dijo Jeffrey.
  • Oh, I forgot that! She is too quiet and lacks character. I need enthusiastic and awake people. I would rather do not work with her for the moment, maybe in the future. (Oh, la olvidé. Ella es demasiado parada y sin personalidad. Yo necesito gente activa y motivada. Prefiero no trabajar con ella por ahora, quizá en un futuro) – contestó ella sin dejar de sonreír.

Y se quedó tan ancha. Se hizo un silencio incómodo en aquella aula, ni Jeffrey supo que decir ante semejante escupitajo en la cara. Ahora lo recuerdo con humor pero menuda hija de la gran…

Una voz dos filas atrás rompió el silencio:

  • What Juan says about Pedro, it says more about Juan than about  Pedro (Lo que Juan dice de Pedro, dice más de Juan que de Pedro) – dijo una chica de tez pálida que siempre se sentaba dos filas atrás.
  • Pedro? Who is Pedro? (¿Pedro? ¿Quién es Pedro?)- preguntó Jeffrey aún más descolocado.

Y aquella chica de tez pálida, de la que nadie recordaba el nombre, se hizo con las sonrisas de complicidad del resto de compañeros. Excepto de Paula, que intentó mostrar cara de indiferencia y Jeffrey, que no entendía nada. A partir de aquel día aquella paliducha se convirtió sin querer en la nueva líder de la clase, y Paula aunque en ocasiones seguía mostrando lo mucho que me quería, solo era una más. A pesar del cambio de roles que hubo en el aula, yo continué con el mío, el de “el resto”, con el que siempre me he sentido más cómoda.

Al terminar la clase me acerqué a aquella chica para agradecerle su muestra de apoyo.

  • Gracias por romper el hielo, me he quedado bloqueada. Soy Clara – le dije.
  • Hiciste bien en callarte Clara, a la “diva” esa le falta un hervor. Mi nombre es Lidia – contestó.

Y así fue como la caucásica llegó a mi vida. Lidia es una chica difícil, como te puedes imaginar, no es el muro de piedra que aparenta ser, es solo un rol que le permitimos llevar. Lidia ha tenido, y tiene, muchas fragilidades que esconde como si fueran pecados capitales, y es importante saber que cajones puedes abrir y cuáles no. Hace unos 4 años viví con ella una de las épocas más duras de su vida y aún me estremezco cuando recuerdo como esa “dama de hierro” que parece que no se puede romper, se desquebrajaba en mil pedazos al mismo tiempo que iba sacando el dolor con su sarcasmo, “maldita vida Clara, menuda broma más pesada” me decía entre lágrimas muchos de aquellos días. Me pareció buena idea convencerla para que se viniera a correr conmigo algunos días y así fue como conseguí que se aficionara al “atletismo de los domingueros” como lo llamamos nosotras, “el running” para la sociedad actual. Empezamos a vivir juntas momentos muy bonitos, nuestra primera carrera juntas, nuestras mejores marcas, nuestra primera medio maratón. Cuánto sufrimos aquel día, cuantas veces pensé en abandonar: -Voy a parar Lidia, no puedo más- le decía.  – Como dejes de mover el culo te doy un soplamocos que llegas a meta en tiempo record – me respondía entre bocanadas de aire. Cuanto lloramos al llegar. Hemos seguido corriendo todos estos años, y tras una sobredosis de endorfinas, nos prometimos correr juntas la distancia reina algún día. Durante unos meses parecía que íbamos por buen camino pero a mí me empezaron a ir mal las cosas, me pasaba el día en el trabajo y al llegar no me sentía motivada para salir a entrenar, mi relación empezaba a flojear, empecé a centrarme en otros temas y debo reconocer que dejé a Lidia algo abandonada en esta ilusión, algo que también la desmotivó a ella.

Abrí el sobre medio dormida, casi segura que sería alguna queja de los vecinos. Cuál fue mi sorpresa cuando me encontré la siguiente nota:

Por las veces en las que has estado ahí conmigo he decidido regalarte un objetivo, una meta, algo por lo que luchar. Para que te des cuenta de lo importante que es tener un horizonte hacia el que mirar. Para aliviarte un poco de ese vacío que siempre me dices que tienes. Y porque te estás volviendo una vaga.

Lidia

Y ahí estaba yo, sonriendo entre lágrimas con la inscripción de mi primer maratón en la mano. Me sorprendió su osadía con algo que ella sabía que para mí era tan serio, pero es cierto que es un buen momento y tengo tiempo suficiente para luchar por la ilusión que un día dejé a medias.

Y en ese momento me di cuenta de que hace días que el amor ya no me duele, pero esta sensación de vacío es muy molesta. Debería empezar a abrir cajas y elegir como quiero llenar mi nueva vida.

P.D: Discúlpame si te  pasas el día cantando “Amo a Laaauraaa, pero esperaré hasta el matrimonioooo”, es de esas malditas canciones pegadizas que solo puedes olvidar si la sustituyes por otra.