Es algo inevitable, una tarde de domingo estás tirada en el sofá viendo la típica película de sobremesa y de repente en la publicidad… ¿Ya? Y sí, ya está aquí de nuevo. Como esa visita comprometida a la que tienes que alojar en casa unos días, igual que una gripe que sabes que se irá sola pero la tienes que sufrir, ahí está. Irremediablemente con el “Vuelve a casa vuelve” de turrón El Almendro como banda sonora nos enfrentamos un año más a La Navidad.

Días de sentimientos encontrados. Partimos de la base que no soy creyente. Añado que el consumismo me da un poco de rabia. Pero soy consumista. Pero me da rabia. Pero soy consumista. Pues consumo con rabia, que le vamos a hacer. Son unos días algo contradictorios en muchos sentidos. Pero oye, yo por  unos días de fiesta en el trabajo voy al establo a ver al hijo de Dios, a la Virgen María y al Espíritu Santo y les canto un villancico que ni Rafael en sus mejores tiempos.

La sociedad nos influye bastante, nos venden que es una época bonita, de unión, de felicidad… A mí personalmente, me resulta estresante, me agobia tener que desbordad felicidad cuando lo que estoy es normal, pues como siempre…

Y junto al “Vuelve a casa, vuelve”, el esperado anu10-pncio de Freixenet, el de la Lotería, Coca-cola y alguno que otro más… Pasas los días entre compras, comidas, sobremesas y cenas. Comiendo lo que nunca comes, bebiendo lo que nunca bebes, comprando más de lo necesario, y es que la Navidad acaba siendo eso: Publicidad, compromisos, gastos y excesos ¡Y no te olvides de estar feliz eh! ¡Qué es Navidad!

En fin, que entre las compras, la cena de empresa, el amigo invisible, los empachos y demás estoy deseando ya que sea junio, yo es que soy más del tinto de verano que del cava. Siento no encontrar  nunca eso que llaman “el espíritu de la Navidad”, quizá el mío salió defectuoso. Días más tarde, cuando parece que la euforia festiva se calma un poco… – ¡Alegría! ¡Qué esta noche es noche vieja! – otra vez – ¡Pero dejadme vivir! Y nada, otra cena familiar, he visto a familiares en 2 semanas más de lo que los veo en todo el año, que digo yo, racionémonos un poco ¿no? La noche de fin de año es quizá algo más entretenida por decirlo de alguna forma: -¡Pero oye repartid las uvas!- grita mi padre cuando aún falta más de media hora. – Ay, echo de menos a Ramón García y su capa- repite cada año mi tía. – ¿Y quién las da en la Sexta?- Se oye en el fondo de la mesa. Y entre – ¡Aún no! ¡Qué son los cuartos!, – ¡Ahora sí, la primera!, -¡Me falta una! y – ¡Ay, que me atraganto! Entramos en el nuevo año con una mezcla de agobio, nervios y melancolía, algo difícil de describir.

A pesar de todos los “típicos tópicos” esa noche tiene algo, no sé si es la situación, la prisa por acabar el año o la fuerza con la que esperas empezar de nuevo. La energía que fluye entre deseos y propósitos o quizá es ese famoso “espíritu de la Navidad” y yo no lo sabía. Cada año igual, todo empieza con un -¡Venga familia! ¡Un brindis! Y todos más emocionados que la niña de la curva cuando ve venir un coche, cogemos nuestras copas y nos disponemos a dejar atrás lo que se tiene que quedar atrás y brindar con la mejor de nuestras sonrisas. Y en ese momento, todo pasa despacio. Miro a mamá, ya tiene los ojos nublados, está emocionada y le caerá una lágrima entre abrazos, intenta disimular mirando hacia atrás pero no lo logra. Debe pensar en aquellos que le faltan, ella les dedica su brindis cada año aunque intente disimularlo. Mi padre la mira, se hace una idea de lo que ocurre. Ella no se da cuenta que él la observa, a papá siempre se le cambia la cara porque no sabe que decirle, porque no puede  decirle nada. Le da un abrazo fingiendo que no ha visto nada – Feliz año, cariño- le dice. Es enternecedor. Mi hermano me mira, él también se da cuenta  de lo que sucede, compartimos esta situación cada año, somos cómplices. Me pregunto qué sucederá entre mis tíos y mis primos ¿De qué serán cómplices ellos?

Y entre besos y abrazos, bolsas de cotillón, antifaces, matasuegras y narices de payaso. Entre deseos de felicidad y suerte y aún con los últimos restos de uva en la boca se esconde ella, la dueña de las fiestas, la responsable de todo, el alma de la familia. Mi abuela nos observa a todos ¿En qué estará pensando ella? Ella que ha visto tanto, ella que ha vivido tanto, ella que sabe tanto y tanto calla. Vuelvo a mirar a mi hermano, él también la mira, volvemos a ser cómplices. Ella se da  cuenta de que la estamos mirando, ella siempre se da cuenta de todo. Nos sonríe.

Y ahí estoy yo, como cada año,  sentada en el sitio de siempre, rodeada de los mismos con mi copa de cava en la mano. Dando pequeños sorbos  mojándome los labios, no es que sea así de fina, es que el cava no me gusta. Miro a mi padre. Me guiña un ojo. Le sonrío. Me pregunto si algún día alguien me mirará como él mira a mi madre cuando intenta disimular sus lágrimas.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *