6 Me pinchan y no sangro

No sabes dónde nací, a que me dedico, si tengo hermanos, que me gusta hacer en mi tiempo libre, si soy de Coca-Cola o de Pepsi, si prefiero la playa o la montaña. Qué tipo de música me gusta, si me preocupa el medioambiente, si me intereso por la política o si soy de esas personas que escupe mientras habla. Si voy a comprar el pan maquillada o con la cara lavada, si tengo alguna fobia, manía o algún tic, si soy más de gatos o de perros, de Nesquik o Cola-Cao o si estoy o no a favor de las corridas de toros. A pesar de todo, ya sabes más de mí que muchas de las personas que me rodean, no es culpa de ellos, supongo que es cosa mía. Creo que en nuestro día a día hay una falta de naturalidad importante, una necesidad exagerada de ser aceptado que nos hace escondernos muchas veces, de lo que no nos damos cuenta es que en muchas ocasiones lo que escondemos es lo que las otras personas están esperando recibir para abrirse ellos también, y así vivimos todos escondidos como si hubiéramos matado a alguien. Y dicen que el ser humano es el mamífero más inteligente… ¿En qué se basarán?

–          A ver Clara, cierra los ojos, todo acabó, y ahora tu vida está creciendo por otro camino, ya no le quieres, ya no piensas en él.

–          Pero eso es mentira Blanca. Yo aún pienso en él.

–          Bueno, pues hoy vamos a vivir una mentira. Cierra los ojos, concéntrate. No vas a llorar, no vas recordar cosas que habéis hecho juntos, no te vas a preocupar por él. Solo piensas en ti, porque tú eres la mejor y tú ya no necesitas a nadie.

–          ¿Esto es lo que tú haces para no preocuparte por nada?

–          Clara, entre tú y yo, a veces hay que auto engañarse un poco. Créete fuerte, créete independiente, créete la mujer perfecta. Si no empiezas a creértelo…

–          Soy fuerte, soy independiente, soy la mujer perfecta. Soy fuerte, soy independiente, soy la mujer perfecta. Soy fuerte, soy independiente, ¡soy la puta hostia!

Debo reconocer que estaba nerviosa, han pasado más de 6 meses desde la última vez que estuvimos cara a cara en la misma mesa. No quise coincidir con él los días en que fue recogiendo sus cosas, lo sufría en soledad cada tarde cuando venía del trabajo y veía que la casa estaba cada vez más vacía, como se iba vaciando mi vida durante aquellos días. Temía verlo y volver a atrás con todo lo que me estaba costando levantar  cabeza, pero tenía que hacerlo. No solo quería que firmara la renuncia del contrato de alquiler, para mi verlo era una prueba de valor.

Me dio un vuelco el corazón cuando lo vi llegar de lejos, se me aceleró el cuerpo durante unos minutos haciendo que nuestro saludo fuera frío y superficial, aunque no podría haber sido de otra forma.

–          ¿Qué tal? ¿Cómo estás? – Me anticipé mientras nos dábamos dos besos casi sin tocarnos.

–          No me puedo quejar – contestó.

–          ¿Qué tal tus padres?- pregunté de nuevo.

–          Bien, se han ido unos días al pueblo.

–          ¿El trabajo? – seguí con el protocolo básico.

–          La verdad que muy bien, me subieron el sueldo hace dos meses y ahora en dos semanas tengo vacaciones.

–          ¿Y los chicos?

–          Como siempre…

Saqué los papeles que me tenía que firmar aprovechando que se había hecho un silencio. Me tranquilizó verlo nervioso, estaba harta de ser la que lo sufría todo. Cuando dejó el boli tras firmarlos se quedó mirando a la nada durante unos segundos que fueron eternos.

–          Clara  ¿Tú cómo estás?

–          Estoy mejor, no ha sido fácil, la verdad.

–          Clara yo nunca quise hacerte daño

–          Lo sé.

–          Yo me sentía…

–          No es necesario, de verdad. Ya no es necesario.

–          Es que, no sé qué decirte.

–          Pues me puedes decir que tal estás “de verdad” porque yo tampoco puedo quejarme pero porque Lidia no me deja porque si fuera por mi… Me puedes decir que tal están tus padres “de verdad” porque cuando van al pueblo es que algo ha pasado. Y doy por hecho que en el trabajo siguen sin pagarte las horas extras y por eso han preferido subirte el sueldo. Y tú odias las vacaciones en agosto…

–          Jajaja. Te veo muy bien Clara, estoy sorprendido.

¿Estoy sorprendido? ¿Qué esperaba? ¿Verme llorando y suplicando que vuelva a mi vida? ¿Verme tirada por el suelo, sin haberme duchado en cuatro días, sin haberme depilado las cejas y con la ropa más vieja del armario porque no tengo ganas ni de poner una lavadora? Bueno, si me llega a ver hace unos meses…

Estuvimos hablando media tarde, a ratos dolía, a ratos no, pero era un dolor raro, era distinto. Estaba tan guapo… pero tan diferente. Era una situación muy extraña, era una situación a la que había temido durante meses y ahora que estaba expuesta a ella, sentía que no era para tanto, que lo había exagerado todo. Me sentía fuerte, me sentía segura, tenía la sensación de que todo lo que había sufrido estos meses había tenido su recompensa y ahora, expuesta al peligro me sentía bien. Quizá la preparación moral de Blanca había tenido éxito “Soy fuerte, soy independiente, soy la mujer perfecta”.

Reconozco que fue muy gratificante quitarme ese peso que tanto me preocupaba ¡Qué alivio! ¡Qué bien estaba! Decidí volver a casa andando para saborear el momento, sentía que volaba, me sentía tan bien… Como cuando acabas el último examen de selectividad o de la carrera, o cuando apruebas el examen práctico de conducir después de tantos nervios, como cuando el policía te para mira el coche y te dice que puedes seguir, o cuando un funcionario revisa todos los papeles que has preparado y te confirma que es toda la documentación que necesita, esos momentos de placer que te da la vida… pues yo flotaba entre esas sensaciones hasta que se desintegró la nube sobre la que andaba y me pegué una buena hostia.

Se  rompió el hechizo que inundaba mi tarde cuando me di cuenta de que llevaba varios días sin abrir el Facebook. Y al mismo tiempo que reconocía lo bien que me sentaba alejarme de las redes sociales estaba abriendo las mismas como si fueran mi premio por haberme ausentado de ellas,  lo sé, algo poco inteligente y con poco sentido, llámalo masoquismo, llámalo dependencia,  llámalo “dame veneno que quiero morirme” y así me quedé cuando abrí el “putofeisbucdeloscojones” ¿Cómo me quedé? Muerta, me quedé muerta, bloqueada, paralizada, “en shock”, descolocada, helada, de piedra, me pinchan y no sale sangre. “To loca”, me quedé “to loca”.

Y como en toda situación de emergencia llamé a mi 112 particular, a mi comodín de la llamada, ese 1UP escondido que todos sabemos dónde está y te salva de un Game Over en el punto álgido de la partida, ese vaso de agua en pleno desierto…

–          ¡Mamá, que esta con otra el hijo de puta!- me anticipé al oír como descolgaban el teléfono.

–          Soy tu padre y como me lo encuentre por la calle le voy a decir cuatro cosas al desgraciado ese.

–          Papá, dile a mamá que se ponga – oí como el teléfono cambiaba de interlocutor.

–          ¿Qué está con otra? Sal a bailar cariño, será por hombres…- oí a mi abuela de fondo y  por fin le dieron el teléfono a mi madre.

–          ¿Qué dices hija? ¡Anda que ha tardado! ¡Menudo capullo! Clara, tu puedes con esto y con lo que te pongan, 9 horas de parto para que venga un gilipollas a hacerle daño a mi niña ¡nos ha “jodío”!

Y rompí a llorar como solo con mi madre puedo llorar, y rompí a reír como solo ella me hace reír. Y rompí en general, como cuando llevas tiempo queriendo explotar pero algo te lo impide, rompí como hacía tiempo que tenía que tenía que haber roto.

 

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