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13 Esos frikis que corren III (195 metros)

Ahí estábamos Lidia y yo entre unos 16000 ilusos insensatos  dispuestos a empezar un viaje de autosuperación con una mochila cargada de miedo, nervios y ganas, muchas ganas.  Rodeadas de motivados, que igual que nosotras, un día decidieron embarcar e iniciar un viaje cuyo puerto de desembarque  era  el mismo, el arco de meta que teníamos delante. Y digo viaje porque es ahí, en ese momento en que esperas el disparo de salida cuando te das cuenta de que ese día que yo tenía marcado en el calendario, esa aventura que yo esperaba como agua de mayo no empezaba ese tan esperado  12 de marzo. Había empezado el pasado 27 de octubre cuando yo escribí en mi agenda “mi primer maratón” y mi conciencia se encargó de que no pasara desapercibido y le diera  un vuelco a mi vida cotidiana. Y ahí, entre una multitud de ilusos acojonados me estaba dando cuenta de lo que suponía plantarte en esa línea de salida. Llegar hasta ahí no había sido fácil y ahora solo quedaba el tramo final, esos 42 kilómetros y 195 metros que llaman maratón, para mí un gran desconocido al que no sabía si tratar de usted o le podía tutear.

Y con los pelos como escarpias tras escuchar a Montserrat Caballé y a Fredy Mercury dejándose la voz cantando “Barcelona” empecé mi viaje presa de una emoción que aún me invade cada vez que revivo aquel momento.

  • Ve con cuidado Lidia- le dije mientras dábamos “start” al reloj sabiendo que cada una haría el camino a su ritmo.
  • Confía en ti– me dijo.

 Y eso hice, confiar en mí, no me quedaba otra…

Km1_ Ahí estaba yo, sola entre miles de personas. A un kilómetro de la meta pero con 42 kilómetros por medio. Tan cerca y tan lejos como enero y diciembre.

Km2_ Minutos de desorden, los más rápidos adelantan como pueden. Lo más lentos bloquean el paso sin querer, los más impacientes resoplan y los veteranos mantienen la calma.

Km3_  Parece que ya reina la paz en el asfalto.

Km4_ ¡Ya no queda nada! – gritan desde un bar. Un “gallifante” para el primer gracioso del día.

Km5_ Estoy bien

Km6_ ¿Hay mucha humedad o me lo parece a mí?

Km7_ Hay una pareja de amigos a mi derecha que no paran de hablar. ¿Aguantarán así todo el recorrido? La verdad es que mantienen entretenida.

Km8_ Las sensaciones son buenas, cuanta más prisa tenga más largo se hará el camino. – Controla tu ansia- me digo cada vez que sin querer  calculo los kilómetros que faltan.

Km9_ Me pongo los cascos. No ha sido fácil reunir cuatro horas de música vetando el paso a toda canción que no invite a seguir corriendo.

Km10_ Tercer avituallamiento. El trato de los voluntarios es, como siempre, inmejorable. Es inevitable a veces prejuzgar a los desconocidos por su aspecto, su educación o su oficio entre otros factores. ¿Qué puedo decir de alguien dispuesto a madrugar un domingo por la mañana para servir agua, isotónico y frutos secos prestándote la mejor de sus sonrisas? Desde mi punto de vista son unos motivados igual de tarados que los que nos disponemos a correr esos 42 kilómetros, y por eso, se merecen el mejor de mis prejuicios.  Agradecida.

Km11­_ Más de un cuarto ya conquistado ¡Qué el ritmo no pare!

Km12_ Al final de la calle un grupo de espectadores revolucionados gritan un nombre que no logro entender. La chica que corre delante de mí los reconoce y se acerca a ellos chocándoles las manos sonriendo. Una vez los deja atrás su sonrisa sigue adueñada en su cara. He sentido envidia sana.

Km13_ Debería lavar las bambas.

Km14_ La pareja de amigos de mi derecha se ha parado a mear entre unos árboles. Parece que no solo las chicas vamos juntas al baño 😉 Han dejado un gran silencio entre los  corredores que íbamos a su lado.

Km15_ De pronto, un chico que se encuentra varios metros por delante para y sigue caminando tocándose un gemelo. Intenta correr de nuevo pero unos metros después se detiene de nuevo retirándose del recorrido. Le sigo mirando disimuladamente mientras paso de largo y siento que intenta controlar sus lágrimas. Intuyo que era una lesión arrastrada. La tristeza de su cara me ha llegado, me he volcado tanto en poder disfrutar hoy que si algo me impidiera hacerlo sería un golpe duro.

Km16_ Me han invadido recuerdos y no he podido evitar pensar en cómo ha cambiado mi vida estos últimos meses. Me he sorprendido sintiéndome orgullosa de mi evolución personal. Ayer  me agobiaba ver cerrarse puertas en mi vida, hoy sentía una brisa que entraba por un inmenso ventanal.

Km17_ Oigo mi nombre a lo lejos.  Sabía que mi hermano no faltaría pero… ¡Está acompañado! ¡Mis primos han venido a verme! En mi familia somos bastante “descolgados” para estas cosas pero con ellos compartimos esta afición y nos une. ¡Cuánto necesitaba algo así! No tengo palabras.

Km18_ También la sonrisa se ha adueñado de mi cara. Qué bonita es Barcelona.

Km19_ Adelanto a un hombre que carga una enorme Torre Eiffel… “Johnny, la gente está muy loca”.

Km20_ Las piernas empiezan a pesar un poco. En algún momento tenía que empezar la decadencia. Controlo mis ansias.

KM21_ Media maratón. Me pregunto a mí misma si puedo hacer la otra mitad. Sí- pienso-   si logro controlar mi cabeza. ¿Por qué nadie me habló del esfuerzo mental?

Km22_ Paso por la calle de Javier, mi compañero de trabajo, me dijo que estaría pendiente. Lo veo en el giro de la calle mirando concentrado a los corredores, le saludo desde lejos y se vuelve loco dando ánimos durante los 5 segundos en los que me voy acercando hasta pasar de largo. “¡Eres una campeona!” – me grita. Se ha ganado un café.

Km23_ Pienso en Blanca, me dijo que no podría venir. La echo en falta. ¿Cómo estará Lidia? – “Confía en ti” – me dijo. Cómo sabe de qué pie cojeo…. Me sorprende ver a gente ya andando. ¿Piensan llegar así?

Km24_ Pienso en mis padres. Lo harás- me aseguró mi padre. ¿Por qué no vas a poder? Me decía mi madre ayer tras mi llamada histérica presa de los nervios. Confían tanto en mí que olvido durante un rato la opción de no conseguirlo.

Km25_ De pronto un chico con pantalones pitillos, camiseta de ACDC y una larga melena suelta se une a la marcha con sus zapatillas Vans. Sorprende a otro chico con coleta y repleto de tatuajes que corre delante, se saludan con un abrazo sin perder el ritmo. El intruso acompaña un rato a su amigo mientras le habla y 500 metros más tarde se despide de él dándole ánimos. Ha sido bonito ver esta estampa desde atrás. Seguro que ese chico no olvidará nunca este momento, yo tampoco.

Km26_ ¡Ánimo campeona! Me dice una voluntaria al coger la botella. – ¡Gracias!- Le respondo sonriendo.

Km27_ Noto un tirón en la planta del pie, intento seguir apoyando diferente y estirando un poco al mismo tiempo. Me asusto bastante, a veces este dolor me hace parar. Parece que desaparece poco a poco. Ahora cualquier tontería te puede joder la carrera.

Km28_ Estoy un poco aburrida. Me pesan las piernas un poco más. – ¡Muy bien Clara! ¡Hidrátate!- Me dice un señor mayor al tiempo que me reparte una botella de agua. Definitivamente me declaro fan de los voluntarios, me tienen conquistada.

Km29_ Me pongo recta. Creo que llevo un rato corriendo muy encorvada. Se quejan las rodillas.

Km30_ Escucho mi nombre y veo a lo lejos a mi hermano y mis primos otra vez. ¡Qué bien! Empezaba a necesitar otro chute de energía. Compartir una ilusión y sentir como empatizan y se vuelcan contigo es algo muy bonito. Se me nublan los ojos al dejarlos atrás.

Km31_ Siento que empieza un viaje a lo desconocido, kilómetros que nunca he vivido y sensaciones nuevas. Sin querer me planteo que ya solo me quedan 11 kilómetros. Fracaso en mi intento de auto convencerme de que queda poco.

Km32_ Aún me quedan 10 kilómetros y cada vez se me hacen más largos. Mucha gente andando.

Km33_ He perdido el control mental y me invade cada vez más la necesidad de llegar. El positivismo de la gente no encaja con mi estado anímico. Puedo aguantar el dolor que empieza a molestar pero me falta algo, ¿Dónde está esa fuerza que tenía hace un rato?

Km34_ Es eterno.

Km35_ Es eterno.

Km36_ ¿Será esto el tan temido muro?

Km37_ Recupero un poco la calma. No te ansíes- me repito por décimo quinta vez. La pesadez de las piernas no me permite sentirme tranquila y las pulsaciones están subiendo, bajo el ritmo.

Km38_ “Claro que puedes hacerlo,” me dijo mi hermano el día antes sin mostrar ningún tipo de duda. Me emociona que vea tanta fuerza en mí. Una lesión le ha impedido ser un friki más siguiendo la tan estimada línea azul y siento que ha volcado su ilusión en estar conmigo hoy. -Vamos Clara- me digo a mi misma – ¿Qué son cuatro kilómetros después de 38?- No cuela, aún me quedan cuatro kilometrazos.

Km39_ Las piernas me pesan lo que no está escrito. Siento que las zapatillas se pegan en el suelo por la cantidad de isotónico que hay en algunas zonas, me invade la paranoia que cada vez cuesta más despegarlas. ¿Estoy delirando?

Km40_ Me quedan dos kilómetros de subida, estoy muy cansada pero parece que mis piernas me obedecen, solo espero que de repente no decidan dejar de hacerlo. No las tengo todas conmigo.

Km41_ He perdido el control mental y las ansias por llegar hacen que estos kilómetros se me hagan eternos. ¡Eternos! Mis piernas no pueden mantener el ritmo, no les exijo, solo espero que aguanten.

Km42_ No intento recuperar la calma, la doy por perdida. La gente grita “¡Ya lo tenéis!”, “¡Ya es vuestro!” y yo aún tengo mis dudas. Queen me acompaña con “Don`t stop me now”  y por fin veo el arco de meta a lo lejos. Piso el número 42 que hay pintado en el suelo con rabia y cariño, cariño y rabia… no sé lo que siento.

Y 195 metros de crecimiento personal, de refuerzo, de autoestima, de fortaleza. 195 metros en los que por primera vez me dije a misma “¿Ves como sí podías hacerlo?” 195 metros que me enseñaron que cuando luchas por algo se te abre un camino. 195 metros en los que no pensé en esos 42 kilómetros que llevaba en las piernas si no en el compromiso,  la constancia, las batallas ganadas a la pereza y todo lo que conllevaba poder llegar hasta ellos. 195 metros en los que olvidé las dudas y las malas sensaciones. 195 metros de homenaje ¿A quién? A mí ¿Por qué? ¡Porque me lo merezco! Levanté las manos con la fuerza que me quedaba y mientras descubría que puedo lograr más de lo que pienso, que puedo romper muros y conseguir objetivos que un día veía imposibles, cruzaba esa tan deseada meta.

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Y aunque a ojos del resto fui una más en cruzar esa meta, para mí se paró el mundo  y, disculpad mi egocentrismo, me sentí única. Lo había conseguido. Y aunque en mi imaginación meses atrás esa meta la cruzaba pletórica e inmensamente feliz. Debo admitir que de pletórica nada, esa meta la crucé con algo de dolor, con el cuerpo castigado y una mente totalmente agotada, pero feliz, inmensamente feliz.

La distancia reina la llaman, impetuosa, elegante y deseada. Es buena y malvada a la vez,  te castiga si la infravaloras y te deja ser su amante si la sabes entender.  Nos volveremos a ver, lo tengo claro. Y le trataré de usted.

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12 Había una vez, pero ya no

Hoy los he visto. Iban cogidos de la mano. Parecían felices. Él sonreía. Ella le tiraba del brazo como si estuvieran bromeando sobre algo. Están enamorados, se les nota. Esa fase que es mágica cuando la vives desde dentro pero surrealista y desmesurada para el ojo externo. Te mentiría si  te digo que me he alegrado por él. Te mentiría si te digo que no he pensado que un día esa chica sonriente y con aire despreocupado fui yo.  No obstante, no me he sentido mal. Está claro que ese ya no era mi lugar. No me he entristecido, ni he sentido envidia. Se me ha removido algo, no te lo voy a negar, no he identificado el que, quizá una mezcla de pasado y presente  demasiado brusca.

Tras las infinitas vueltas que le he dado a todo durante  estos meses he ido atando cabos. Siempre he creído que buscar una explicación no me iba a dar la solución a nada, pero me ha ayudado a avanzar con las cicatrices justas. Para llegar al punto en el que estoy, he aceptado que el amor se acaba, en ocasiones dicen que se transforma, no fue el caso. Desenamorarse no es algo extraño o fuera de lo normal, pero parece que nuestro querido Walt Disney no estaba muy por la labor y nunca nos habló de ello en sus películas. Y así crecemos, en un mundo ideal… hasta que deja de serlo. Echando la vista atrás me asaltan recuerdos, situaciones, gestos, miradas que yo ciega y él cobarde no vimos cómo se fueron transformando. Nuestros recuerdos ya no eran únicos, las situaciones eran frías, los gestos solo eran gestos y las miradas estaban vacías. Y así aguantamos una buena temporada. ¿Podría habérmelo dicho antes? Hubiera estado bien. ¿Podría haberme dado cuenta antes? Hubiera estado bien también ¿Por qué no fue así? Y aquí mil teorías basadas en la evidencia; La influencia de factores personales, contextuales, de experiencias vitales y porque no, educacionales. Y podría añadir también mil teorías sin ninguna evidencia; “Que sí yo he cambiado”, “que si tú ya no me escuchas”, “que nunca quieres salir con mis amigos”, “que ya no me cuentas lo que te pasa en el trabajo”. “Quizá es porque hablo demasiado” o “quizá porque tú no lo haces”. “Es que llego cansado y tú no lo entiendes”, “yo también pero lo disimulo”. “Solo necesito que me entiendas”, “¿Y a mí quién me entiende?”. “¡Me siento sola!”, “¡Pero si estoy aquí!”. “¿Has comprado el pan?”, “¿Tenía que comprarlo?”, “¡Ves como no me escuchas!  ¡Qué bien se está soltera, coño!

Mientras iba avanzando hacia ellos descarté cambiarme de acera, hubiera sido muy descarado, por lo que decidí mirar al frente y seguir. En el momento en que se cruzaron nuestras miradas  y él me reconoció, noté como se le cambiaba la cara en cuestión de segundos, yo mantenía la mirada perdida como si nada me importase. De pronto vi como metía la mano en su bolsillo, sacaba el móvil y cómo una tortuga buscando refugio bajaba la cabeza. ¿En serio?

  • ¡Hasta luego! – le dije con tono desenfadado mientras seguía caminando.
  • ¡Ey, Clara! ¡Hasta Luego!- contestó intentando disimular que ya me había visto.

No te escondas- pensé- Al fin y al cabo cada uno actuó como mejor sabía hacerlo. El dolor causado era inevitable.

Y ya ves. Ahora somos dos extraños más. Dos personas que se cruzan y ya no tienen de que hablar. Se hicieron humo nuestras promesas, nuestros planes de futuro, nuestros “pase lo que pase”. ¿A quién vamos a engañar? El “para siempre” siempre termina y el “nunca más” nunca se cumple. Demasiados cuentos nos contaron de amores ideales pero nadie se encargó nunca de contrastar esos finales. Dejémonos ya de cuentos, dejémonos ya de historias, ni mi vida acaba tras tu ausencia, ni mi ausencia marcará tu noria. Olvidémonos de los príncipes, las doncellas y las brujas con su escoba. Yo no quiero vivir un cuento, prefiero improvisar mi historia.

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11 Esos frikis que corren II

Todo lo que un día era la ilusión lejana de correr un maratón se ha ido transformando. Ya no es tan lejana y ya no es solo ilusión, también es cansancio, falta de tiempo, dolores, inseguridad, mucha inseguridad y miedo, mucho miedo.  No sabría decirte si esa transformación ha sido más bien dulce o amarga, quizá algo ácida. Sí, estoy en ese punto, el punto de ¿Quién me mandaría a mí?

Éste último mes me he llegado a plantear si mi vida está tan vacía como para dedicarle tanto tiempo a los entrenos. Llegar del  trabajo salir a trotar, llegar del trabajo hoy toca cambios de ritmo, salir del trabajo y 12 a ritmo alegre, y como no, domingo por la mañana tirada larga. Me completa los días pero cuesta mantener la motivación y no mandarlo todo a la mierda cuando llego muy cansada, cuando los del trabajo se van de cañas y yo ya me salté el entreno el día antes,  cuando están cayendo cuatro gotas pero yo veo un diluvio universal. Cuando ves que la vida de los demás no tiene esa obsesión por los minutos por kilómetro,  por los kilómetros semanales y por las semanas que quedan hasta el día en cuestión y a ti te gustaría poder olvidarlo aunque sea dos días. Los días que voy con Lidia se me hacen diferentes. Empezamos hablando y poniéndonos al día  y acabamos en silencio cuando ya parece que nos dejemos la vida para decir una frase ¿Sabes lo que es correr en silencio con alguien? Es confianza. Tan difícil de conseguir  como tu mejor marca.

Al principio me parecía fácil. “Es cuestión de organización” me decía a mí misma. No ha cambiado nada pero intentar cumplir con los kilómetros semanales y los ejercicios de preparación comienza a hacerse cuesta arriba. Se nota  la suma de kilómetros, la fatiga y hay días que más que una actividad lúdica y voluntaria parece un castigo. No entiendo a esos corredores que afirman estar tan enganchados que siempre tienen ganas de calzarse  las zapatillas y salir… Siento decepcionaros pero a mí eso no me pasa… A veces  tengo ganas y otras veces, que quede entre tú y yo, otras veces me apetece una mierda, así hablando claro. También a mí me parece incoherente que necesitemos sufrir un poco para sentirnos bien, llámanos raros, lo somos. Nos orgullece pasarlo mal un rato, madrugamos los días de descanso y nos gusta la sensación de piernas doloridas los lunes por la mañana. No es broma, nos hace sentir realizados ese  dolorcillo. Llámanos raros.

Tampoco entiendo a esos runners que le ponen “peros” a todo cuando no consiguen su objetivo. Siempre se delatan en la salida o en la meta de toda carrera popular. “He venido por venir  pero hoy no estoy fino”, “Me gustaría hacer marca pero he dormido fatal”, “Iba bien pero menudo viento los últimos 2 km…”, “Iba a apretar  al final pero no quise”,  “pero daban el agua en vaso…” ¿En serio? Queridos runners con “peros”… Es muy común levantarte  por la mañana y no estar al 100% y más si añades la sensación de haber dormido fatal, se llaman nervios, y nos pasa a todos pero hay que saber llevarlos y se empieza por reconocerlos. En cuanto al viento, créeme, no tiene nada personal contra ti, lo sufres tú, los de delante y los de atrás. “Intenté apretar al final…”, eso también me lo conozco, se llama quiero pero no puedo, vamos que pinchaste.  Mi “pero” es más genérico, se basa en tener el día o no. Vamos que puedo levantarme “poco fina”, sin haber dormido, encontrarme el viento de cara y beber el agua en vaso con el derramamiento y consiguiente empapado de ropa que conlleva y tener una carrera de puta madre. Por  otro lado, hay veces que me levanto pletórica y en el km 1 ya sé que el cuerpo no me acompaña, pues nada, tengo 9 km por delante para pensar en el “pero” que voy a poner al llegar a meta. 😉 ¿El circuito mal medido? ¿El sol de cara? ¿Flato? En realidad sí que los entiendo un poco a los runners con “peros”… un poco bastante.

Lo bueno de la preparación es que en el transcurso te cuelgas varios dorsales. No hay nada como pincharte cuatro imperdibles en la camiseta y cruzar una línea de meta para motivarte de nuevo y recordarte que es esa sensación la que buscas y te llena tanto. La última carrera que hicimos le dije a Lidia que fuera a su ritmo, llevaba unos días algo negativa porque había tenido una semana muy mala en el trabajo y me apetecía ir a mi aire. ¡Y menuda semanita! Me han cambiado de oficina sin darme opción y no me ha sentado nada bien. Me molesta que no tengan en cuenta mi opinión y como me puede afectar. – Es una oportunidad para crecer Clara- me dijo mi jefe. ¿Para crecer yo o él? Yo crezco con un ascenso y su correspondiente aumento de sueldo no con un ambiente laboral nuevo y desconocido. Mi  nueva oficina está llena de veteranos con poca motivación por su trabajo, vamos que me como un marrón detrás de otro y compañerismo poco por no decir ninguno. Cuánto daño hace el que trabaja quemado…  Y me enfada, me enfada el pensamiento de vamos a meter “a la motivada en la jaula de hienas a ver si se les pega algo” Y digo yo… ¿no será más eficaz meter a una hiena en un ambiente nuevo? Sí, lo sería, estoy segura, pero parece que los jefes les tienen pavor  a las hienas… No quiero detenerme mucho en esto porque aún lo estoy asimilando y quizá es una opinión precipitada pero no pinta muy bien.

 Volviendo a la carrera, Lidia pasó de mí petición y recorrió toda la carrera a mi lado, sin hablar, sin mirar, solo a mi lado. Conforme iba llegando a la mitad iba creciendo el ambiente por donde pasábamos, gente muy sonriente animándonos como si en nuestra carrera se les fuera la vida, como si llevaran dos horas esperando a que pasaras y de repente ahí estás. Incansables. Abuelos que salen a comprar el pan y sin quererlo ni beberlo ahí están aplaudiendo a los frikis que corren por su calle, familias que no dudan en nombrar  y alabar a todos los corredores que pasan mientras esperan a sus conocidos.  Niños y niñas que te chocan la mano y te hacen sentir alguien. Abuelas que te aplauden con cara de compasión porque vieron pasar a los primeros… hace mucho rato… Grupos  de amigos que no esperan a nadie pero les contagió el buen ambiente, mujeres que te aplauden más fuerte por ser mujer. El marido que espera a su esposa y cuando la ve pasar la aplaude como el que más, ella le saluda y sigue corriendo, él se queda embobado sonriendo. Madres que gritan a sus hijos “mira ahí viene papá” y los pequeños se ponen nerviosos buscando su cara entre la gente. Corredores que hoy no salieron pero saben a lo que sabe un grito de ánimo cuando las piernas empiezan a negarse. Ciclistas a los que la carrera les ha jodido el paso y esperan aplaudiendo a los que consideran compañeros. Corredores que ya llegaron y aún tienen fuerza para animar al resto. Miré a Lidia y sonreía. Me alegró tenerla al lado y compartir  ese momento. Necesitaba sentir de nuevo esa plenitud que da este deporte. Necesitaba olvidarme de la jaula de hienas. Quitarle importancia a quien no debe tenerla.  Necesitaba olvidarme de los minutos por kilómetro. Necesitaba recordar porqué  corro. Necesitaba un chute de buen rollo en vena que fuera directo a la sangre y bombeara por todo el cuerpo. Me sentó muy bien el apoyo de Lidia y la alegría que contagiaba la gente a través de las vallas. Me recordaron que hay gente buena, gente que se alegra por ti  sin conocerte, gente que aplaude tu esfuerzo sin entenderlo, gente que contagia entusiasmo, gente que da sin pedir nada. Y créeme, necesitaba que alguien me lo recordara. Gracias seres anónimos que os apuntáis a un bombardeo haga frío, haga calor, moleste el viento o el sol, gente sin “peros”, cuánto ayudáis sin daros cuenta.

 Gracias a todos, menos a los que en el km 3 dicen que ya queda poco, image4a esos no.

Y nos siguen preguntando  que  “Por qué corremos”. Corremos porque no nos enseñaron a volar (Marciano Durán)

10-p

10 Sentimientos encontrados ¿Y qué?

Es algo inevitable, una tarde de domingo estás tirada en el sofá viendo la típica película de sobremesa y de repente en la publicidad… ¿Ya? Y sí, ya está aquí de nuevo. Como esa visita comprometida a la que tienes que alojar en casa unos días, igual que una gripe que sabes que se irá sola pero la tienes que sufrir, ahí está. Irremediablemente con el “Vuelve a casa vuelve” de turrón El Almendro como banda sonora nos enfrentamos un año más a La Navidad.

Días de sentimientos encontrados. Partimos de la base que no soy creyente. Añado que el consumismo me da un poco de rabia. Pero soy consumista. Pero me da rabia. Pero soy consumista. Pues consumo con rabia, que le vamos a hacer. Son unos días algo contradictorios en muchos sentidos. Pero oye, yo por  unos días de fiesta en el trabajo voy al establo a ver al hijo de Dios, a la Virgen María y al Espíritu Santo y les canto un villancico que ni Rafael en sus mejores tiempos.

La sociedad nos influye bastante, nos venden que es una época bonita, de unión, de felicidad… A mí personalmente, me resulta estresante, me agobia tener que desbordad felicidad cuando lo que estoy es normal, pues como siempre…

Y junto al “Vuelve a casa, vuelve”, el esperado anu10-pncio de Freixenet, el de la Lotería, Coca-cola y alguno que otro más… Pasas los días entre compras, comidas, sobremesas y cenas. Comiendo lo que nunca comes, bebiendo lo que nunca bebes, comprando más de lo necesario, y es que la Navidad acaba siendo eso: Publicidad, compromisos, gastos y excesos ¡Y no te olvides de estar feliz eh! ¡Qué es Navidad!

En fin, que entre las compras, la cena de empresa, el amigo invisible, los empachos y demás estoy deseando ya que sea junio, yo es que soy más del tinto de verano que del cava. Siento no encontrar  nunca eso que llaman “el espíritu de la Navidad”, quizá el mío salió defectuoso. Días más tarde, cuando parece que la euforia festiva se calma un poco… – ¡Alegría! ¡Qué esta noche es noche vieja! – otra vez – ¡Pero dejadme vivir! Y nada, otra cena familiar, he visto a familiares en 2 semanas más de lo que los veo en todo el año, que digo yo, racionémonos un poco ¿no? La noche de fin de año es quizá algo más entretenida por decirlo de alguna forma: -¡Pero oye repartid las uvas!- grita mi padre cuando aún falta más de media hora. – Ay, echo de menos a Ramón García y su capa- repite cada año mi tía. – ¿Y quién las da en la Sexta?- Se oye en el fondo de la mesa. Y entre – ¡Aún no! ¡Qué son los cuartos!, – ¡Ahora sí, la primera!, -¡Me falta una! y – ¡Ay, que me atraganto! Entramos en el nuevo año con una mezcla de agobio, nervios y melancolía, algo difícil de describir.

A pesar de todos los “típicos tópicos” esa noche tiene algo, no sé si es la situación, la prisa por acabar el año o la fuerza con la que esperas empezar de nuevo. La energía que fluye entre deseos y propósitos o quizá es ese famoso “espíritu de la Navidad” y yo no lo sabía. Cada año igual, todo empieza con un -¡Venga familia! ¡Un brindis! Y todos más emocionados que la niña de la curva cuando ve venir un coche, cogemos nuestras copas y nos disponemos a dejar atrás lo que se tiene que quedar atrás y brindar con la mejor de nuestras sonrisas. Y en ese momento, todo pasa despacio. Miro a mamá, ya tiene los ojos nublados, está emocionada y le caerá una lágrima entre abrazos, intenta disimular mirando hacia atrás pero no lo logra. Debe pensar en aquellos que le faltan, ella les dedica su brindis cada año aunque intente disimularlo. Mi padre la mira, se hace una idea de lo que ocurre. Ella no se da cuenta que él la observa, a papá siempre se le cambia la cara porque no sabe que decirle, porque no puede  decirle nada. Le da un abrazo fingiendo que no ha visto nada – Feliz año, cariño- le dice. Es enternecedor. Mi hermano me mira, él también se da cuenta  de lo que sucede, compartimos esta situación cada año, somos cómplices. Me pregunto qué sucederá entre mis tíos y mis primos ¿De qué serán cómplices ellos?

Y entre besos y abrazos, bolsas de cotillón, antifaces, matasuegras y narices de payaso. Entre deseos de felicidad y suerte y aún con los últimos restos de uva en la boca se esconde ella, la dueña de las fiestas, la responsable de todo, el alma de la familia. Mi abuela nos observa a todos ¿En qué estará pensando ella? Ella que ha visto tanto, ella que ha vivido tanto, ella que sabe tanto y tanto calla. Vuelvo a mirar a mi hermano, él también la mira, volvemos a ser cómplices. Ella se da  cuenta de que la estamos mirando, ella siempre se da cuenta de todo. Nos sonríe.

Y ahí estoy yo, como cada año,  sentada en el sitio de siempre, rodeada de los mismos con mi copa de cava en la mano. Dando pequeños sorbos  mojándome los labios, no es que sea así de fina, es que el cava no me gusta. Miro a mi padre. Me guiña un ojo. Le sonrío. Me pregunto si algún día alguien me mirará como él mira a mi madre cuando intenta disimular sus lágrimas.

 

 

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9 Mentes cerradas, bocas abiertas

Sábado por la mañana. Mi móvil se había quedado sin batería y vi pasar mi vida por delante cuando me encontré ante el último intento de insertar el código pin correcto. Tengo un gran problema con las  contraseñas y no hago nada para solucionarlo, lo sé, es tan fácil como apuntarlo en algún lugar pero no, a algunas nos gusta vivir a lo loco. No tengo el pin guardado en ningún lado, nunca espero dos horas de digestión para bañarme, estiro lo justo antes de salir a correr, acepto los “términos y condiciones de uso” sin leerlos, no siempre me desmaquillo antes de ir a dormir ¡Y desconecto el USB sin seguridad! ¡Qué alguien me pare! – Era “2011”– me decía bastante segura-  Joder, joder, no sé dónde tengo la tarjeta con el Puk- pensaba ¿Sabes qué? ¡All in! ¡Apostándolo todo! Cómo quién está a punto de tirarse de un avión pulsé las teclas del teléfono con la  tensión que el momento acompañaba. Como si estuviera desconectando una bomba, cable rojo, cable verde,… Realmente lo único que hice fue marcar el mismo número que en las dos ocasiones anteriores pero más concentrada, dos…, cero…, uno… y uno… Como si fuera el teléfono el que no se entera. Pulsé Ok. Tarjeta bloqueada. Me cago en la puta.  ¡Pero si era ese número! Puto teléfono. Puto código pin. Puta memoria la mía. Puto vocabulario el mío. Al final va a tener razón Blanca que siempre me dice que cuando me cabreo me sale una vena choni, quizá fui una de ellas en otra vida. Estaba sin teléfono. Que puta rabia. ¡Puta vida tete! 😉

La noche anterior me había ido a tomar algo con los compañeros de trabajo, la semana había sido eterna, marrones por aquí, jornadas interminables, jefe en modo “lo quiero para ya” y un sinfín de situaciones estresantes.  Con la de horas que habíamos pasado juntos parecía que hasta nos daba pena separarnos el fin de semana y acabamos tomando unas cañas al salir.

  • Dios, estoy destrozada. No me puedo creer que mañana no vaya a sonar el despertador- pensé en voz alta.
  • Pues suerte la tuya, yo seguro que a las 7 ya tengo a los niños dando la lata – comentó Ana.
  • Hubieras adoptado un gato Ana – le contestó Javier.

Ana se pasa el día quejándose de todo, cuando no son sus hijos  es su marido, cuando no es la suegra es su cuñada. Algunos compañeros le siguen el rollo pero Javier y yo no podemos, quizá nos cuesta empatizar con ella pero no soportamos que se pase el día con frases como “ya me lo dirás cuando seas madre”, “claro, como tú no estás hipotecada” o “¿Deporte? ¿Y de dónde saco yo el tiempo?” Es curioso como a pesar de su apretada vida de madre, mujer casada e hipotecada es la primera que se apunta a unas cañas al salir de la oficina…

  • Han dicho que mañana colgarán en la web el ganador del premio “Trabajador Del Año”- dijo Ana.
  • Ah ¿sí? – contesté fingiendo entusiasmo.
  • Si me lo dieran a mí… ¡Con lo que hemos gastado este mes!- siguió Ana
  • ¿Es que no te llega para hacerle la sesión de belleza al perro? Pobre, le ladrarán en el parque por llevar las puntas abiertas ¿O no tienes para la asistenta Ana? Si quieres voy yo a limpiarte  la casa– le contestó Javier algo molesto.
  • Javier, después pásate por la mía – dije para romper un poco la tensión que se estaba creando.

En parte, entendía perfectamente la actitud de Javier ante algunos comentarios de Ana. Ana vive en una casa en uno de los barrios más pijos de Barcelona. Está casada con un directivo de una empresa de construcción internacional, ella trabaja por mero entretenimiento. Además, su madre heredó una fortuna al morir su abuelo que la hizo crecer en una familia bastante acomodada. Es cierto que puede molestar con comentarios de ese tipo pero ella no sabe que es la verdadera necesidad o, mejor dicho, la necesidad como la entiendo yo. Para ella “no llegar a fin de mes” es tan solo una frase hecha cuyo significado no es literal, para muchos otros es una realidad. Diría que hace este tipo de comentarios para sentirse uno más de nosotros pero no le sale. A Javier al contrario, le cuesta ahorrar algo entre los gastos mensuales y de ahí que su límite ante los comentarios de Ana sea fácil de cruzar.

En cuanto al premio anual, era una pantomima que se había inventado mi jefe para callarnos cada vez que alguien le recordaba que en otras empresas los empleados tienen pluses por objetivos conseguidos. Y a falta de incentivos, se cree que nos motiva con el premio que cada año los directores de cada departamento dan al que consideran su mejor trabajador. En mi departamento este premio solo está al alcance de cuatro infelices “lame culos” que se pasan la vida en la oficina ¿Pero cómo va a saber mi jefe quién es el mejor trabajador? ¿Si ni siquiera  tiene el despacho en nuestra planta? ¿Si no ha estado nunca en nuestro puesto? Es como preguntarle a aquel que nunca se ha emborrachado a qué saben unos espaguetis con tomate a las siete de la mañana. Hace dos años se lo llevó Carlos, la mano derecha del jefe, su amigo, el padrino de su hija, no te digo más. El año pasado lo ganó Inés, la mujer de Carlos, muy trabajadora no lo niego pero ¿En serio? ¡Qué descaro! Ese año nos quejamos a recursos humanos explicando el ridículo de la situación. Desde entonces Carlos nos cogió mucha manía y manifiesta su odio con comentarios déspotas y altivos de vez en cuando.

  • ¿Y cuál es el premio este año?- preguntó Javier.
  • Un cheque con valor de 300 euros y un fin de semana familiar en Disneyland – le dije.
  • Bueno, ya sabemos dónde va a pasar Carlos sus vacaciones de navidad– respondió Javier con rin tintín.
  • ¿Dónde? – Preguntó Ana con curiosidad- tardó unos segundos en pillar la ironía.
  • Está claro que para ganar ese premio tienes que trabajar lo que no está escrito para llevar todo al día, eso implica hacer horas extras que te pagarán a su manera, nunca reprochar una bronca aunque sea injusta, caerle bien a alguien con el que hablas más por email que cara a cara y si consigues todo eso no pretendas hacer amigos en la oficina– comenté.
  • En resumen, vivir para trabajar- añadió Javier.

En la oficina corría el rumor de que Carlos e Inés se estaban divorciando, no podíamos confirmarlo porque trabajaban en puestos diferentes y las veces que se les veía juntos tenían un trato cordial, como siempre. Hace una semana acabé de despejar la duda cuando el jefe me llamó para intentar moverme las vacaciones, mientras los dos mirábamos el cuadro de vacaciones de la plantilla para ver que se podía hacer se me fue un ojo y observé como Carlos e Inés las tenían en meses diferentes, algo que no era habitual, se estaban separando fijo.  Normal, pensé ¿quién va a aguantar a ese tío? A Javier y Ana no les había dicho nada de mi descubrimiento por miedo a que se enterara toda la oficina, son dos compañeros encantadores pero nunca les cuentes un secreto.

  • ¿Sabes qué Ana? Yo aun no entiendo que haces trabajando, si yo fuera tú me pasaba la vida viajando. Vendría solo a ver a mis padres de vez en cuando  –  dijo Javier. Le llamaba mucho la atención que alguien como Ana trabajara sin necesitarlo.
  • ¿Y qué hago con los niños Javier? ¿Y qué le cuento yo a mi marido? ¿Qué ahora quiero hacer de Willy Fog un tiempo? – explicaba Ana sin ofenderse.
  • Si yo tuviera dinero… ¡uff!- me uní a los comentarios de Javier.
  • Si tuvierais dinero os darías cuenta que no lo es todo – comentó Ana con tono de mujer mayor a pesar de que solo es cinco años mayor que nosotros.

Tras despedirnos cogí un taxi hasta casa, estaba agotada.

He pasado el fin de semana sin móvil, recordé que la tarjeta con el Puk la tengo en el trabajo desde la última vez que bloqueé el teléfono. Vivir sin teléfono es raro. El domingo quería quedar con Lidia para ir a entrenar y no veas lo difícil que es quedar sin llevar un móvil encima. Antes era tan fácil como ir a casa de tu amigo, picar al timbre y decir ¿Está fulanito? ¡Dile que baje! Ahora quién es el osado que se presenta en casa de nadie sin antes intercambiar 20 mensajes de Whatsapp, una llamada perdida para que sepa que has salido de casa, mensaje de “estoy llegando” y “mensaje de estoy abajo”, un absurdo pero te sientes más seguro si está todo bajo control. Desempolvé el teléfono fijo y quedé con ella por teléfono. Me sentía una valiente dirigiéndome al parque a la hora que habíamos quedado sin saber si Lidia había salido de casa, sin que ella supiera que yo ya estaba de camino, sin poder preguntar “Dónde estás” si llegaba y al minuto no había nadie, sin ningún control ¡Una aventura! Ya no recordaba que era mirar a mí alrededor mientras espero a alguien sentada en un banco, me faltaba una bolsa de pipas para que el momento fuera idílico.

Esta mañana salí antes hacia la oficina para activar mi teléfono de nuevo. Cuando llegué ya había gente delante del ordenador ¿En serio? ¿Un lunes? Qué motivados…

  • ¿Qué pronto llegas hoy Clara? – me comentó una de mis compañeras del grupo del fondo de la planta. Me sorprendió, ese grupo apenas habla con el resto. Bueno, habrá dormido bien pensé.
  • Sí, me caí de la cama- contesté por decir algo. Se oyeron unas risas de fondo. No era tan graciosa mi respuesta…

Fui a la máquina a por un café y me puse manos a la obra. Tarjeta desbloqueada. ¡Qué alegría que alboroto otro perrito piloto! Podía volver a respirar, mi vida volvía estar a salvo con un 3G en la mano.  Mi madre me había escrito infinitos mensajes -¿Qué haces? -¿Dónde estás? -¿Te ha pasado algo hija? -¿Te cuesta mucho contestar? -Dice tu padre que a él tampoco le contestas – ¿Será posible? – Cría cuervos…   Después de unas treinta preguntas más el último ya era: – He llamado a Lidia, anda que ya te vale, apunto he estado de ir a la comisaria. – Mamá, la próxima vez plantéate venir a  casa a ver si estoy- le contesté. Entre el spam de los grupos un mensaje de Ana: – ¡Felicidades Clara! ¡Eres la trabajadora del año!- me dio un vuelco el corazón. ¿Qué dice ésta ahora? Pensé. Encendí el ordenador y abrí el correo intentando disimular mi sorpresa ¿Trabajadora del año yo? ¿Pero qué me estás contando? No estaba yo preparada para empezar tan fuerte un lunes. Me gustaría estar saltando de alegría pero tenía un montón de sentimientos encontrados. Todos mis prejuicios me estaban dando una ostia en la cara. Yo era la “lame culos” que se había pasado horas en el trabajo para llevar todo al día,  yo era esa “matada”  que no le importaba irse una hora más tarde cada día, yo era esa trabajadora repelente que por no discutir se callaba y seguía trabajando, yo era esa. ¿Cómo no me había dado cuenta? Tras la ruptura el trabajo se había convertido en mi válvula de escape, pasar horas en la oficina era mejor que pasar horas en casa pensando y viendo como mi vida cambiaba. Yo había sido esa infeliz que se merecía el premio de trabajadora del año.

Ana se acercó risueña a mi mesa, siempre llegaba contenta al trabajo.

  • ¿Por qué no me había dado cuenta antes? Pero tú sabes que yo no soy así, ¿verdad Ana? – le pregunté casi segura de que no entendería nada.
  • Por supuesto Clara, te lo permito este año pero ninguno más – me dijo Ana entendiendo perfectamente que me pasaba.
  • ¿Y porque no me dijiste que me estaba volviendo una esclava de mi trabajo?- le dije.
  • Porque te entendía perfectamente Clara, porque yo también me refugio aquí- me contestó dejándome sin palabras.

Abrí los ojos de golpe y me sentí mal por todas las veces que juzgo sin saber nada, por las veces que hablo de otros sin mirarme antes al espejo. Me sentí mal por quedarnos siempre con lo malo de los demás y no ver más que eso como si nuestro camino hubiera sido perfecto. Yo no estaba libre de pecado y como quién se compromete a ponerse a dieta el próximo lunes me juré ser más comprensiva y menos superficial. No juzgar ni hablar tanto sin conocer. Propósito “ser mejor persona”. Justo en ese momento Carlos se dirigía hacia mí.

  • Felicidades Clara, ¿Con quién te vas a ir al viaje? ¿Con tu novio? Ah no, olvidé que…- me dijo entre risas.
  • Ja- Ja- Ja No todos tenemos el matrimonio perfecto Carlos, tú eres un afortunado- contesté. Empezaré a ser mejor persona mañana, hoy tengo muchas cosas que hacer.

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Y hablarán de ti, y lo harán muy educados. Hablarán de ti, y lograrán hacerte daño. Hablarán de ti porque tú habrás hablado. Hablarán por opinar, hablarán por decir algo. Hablarán de tu vida, hablarán sin saber de qué hablan. Hablarán por hablar y quizá te guste. Hablarán por llenar un silencio y quizá molesten. Hablarán sin empatía, porque son diferentes. Hablarán con cariño porque conocen tu historia. Hablarán sin control porque nada les importa. Hablarán y reabrirán alguna herida. Hablarán para juzgarte y no quieren ser juzgados.  Hablarán por hacer ruido porque temen el silencio. Hablar hablamos todos, quizá demasiado.

 

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8 Esos frikis que corren I

Me costaba hablar y había perdido el control de la respiración, las pulsaciones me subían con descaro y sentía la necesidad imperiosa de parar.

– Lidia, baja un poco he perdido el ritmo.

– Ahora no, vamos a adelantar a éste.

Y como si de un acto reflejo se tratara estiramos la espalda, levantamos la cabeza, alargamos la pisada y seguimos corriendo con una energía que pensaba que ya no tenía, como si no existiera el cansancio, como si no nos agobiara el calor de correr en verano, cómo si no conociéramos el sufrimiento, toda una farsa. Pasamos de ser dos agotados Gremlins mojados a correr con el entusiasmo de Forrest Gump. Y cuando nos acercamos a la presa miramos hacia el horizonte cómo si estuviéramos metidas en nuestros pensamientos pero por el rabillo del ojo observamos la cara y la forma de correr del “runner” con el que nos cruzamos. Siempre me pregunto si el resto de corredores harán lo mismo cada vez que se cruzan con otro. Y es que en el “running”, como en la vida, no te puedes guiar por lo que ves ni por lo que oyes, cada corredor es un mundo. Están lo que van siempre dándolo todo, los que hacen más de lo que cuentan y los que cuentan más de lo que hacen, los que enseguida sufren y los que parece que nunca lo hagan, los que paran en los semáforos o los que siguen dando saltitos hasta que se pone en verde, podría hacer una amplia y simpática lista de características. Yo soy de las que no sale sin haber desayunado antes, de las que la emoción hace que el pulsómetro se dispare antes de empezar una carrera, de las que en los últimos kilómetros se maldice y se pregunta mil veces “¿Por qué coño corro si lo paso fatal?, de las que tras cruzar la meta levanta la cabeza y busca miradas de complicidad y satisfacción entre los participantes porque solo nosotros sabemos lo que cuesta llegar allí.

– Oye Clara, ¿Y tú cómo vas?

– Había perdido el ritmo pero parece que ahora lo he vuelto a recuperar, puedo seguir así – le respondí.

– Jajaja ¡Qué cómo estás de lo tuyo! Tras saber que él está con…

– Había perdido el ritmo pero lo he vuelto a recuperar puedo seguir así – le respondí de nuevo, dando un vuelco al sentido de la frase.

Una pérdida de ritmo, un tropezón, una lesión,… al final todo se resume en eso, en superar los baches y seguir. Nadie sabe mejor que tú lo que cuesta seguir tras algún “parón” pero al final debemos reconocer que solo es un “parón”, y aunque se haya convertido en los peores meses de tu vida solo es un “parón”. Tras la recuperación del mismo siempre podrás seguir adelante, siempre. Me cabrea pensar en los meses que he estado perdida y sin ganas de nada -“Solo ha sido un parón Clara” – me tengo que recordar a menudo para aliviar la culpabilidad que aún me acompaña en ocasiones.

– Siento no haberte preguntado antes, me lo contó Blanca ayer, no sabía nada… – me dijo Lidia raramente tímida.

– Lo sé Lidia, no te dije nada porque ya te he rayado bastante y no le quiero dar más vueltas – mentí y ella lo sabía.

Desde que conozco a Lidia nos ha presentado a dos parejas. Víctor, estudiante de Administración y Dirección de Empresas. Un niño de papá que no sabía lo que era tener que trabajar para sobrevivir, un repelente. Y Álex, cocinero en un hotel, educado, alegre, tan humilde, tan sencillo… Álex murió en un accidente de coche cuando llevaban año y medio juntos. Fue una época horrible para Lidia, entenderás que me siento ridícula contándole que se me ha parado el mundo porque el desgraciado de mi ex está con otra. No fue esto lo que la convirtió en una borde adorable, ya era borde mucho tiempo antes, pero sí es lo que mantiene su corazón cerrado. Seguimos corriendo en silencio, yo sabía que ella sabía que yo evitaba contarle muchas de mis rayadas. Pero lo que ella no sabía y yo acababa de descubrir era que realmente ya no quería darle más vueltas a lo mío, me daba igual. Y seguimos corriendo.

Hace unos años entre la gente de mi generación la vida en Facebook era mostrar la fiesta que te metías cada fin de semana, aumentaban los “likes” si en la foto te estabas bebiendo un chupito de Tequila, más si era de Jägermeister, si la foto era entre semana eras la ostia y si encima entre el grupillo estaba el camello del barrio ya eras el “puto amo”, triste pero cierto. Seguir esa moda me estaba jodiendo todos los domingos además del hígado de modo que aflojé tanto que ahora cada vez que salgo necesito 3 días de recuperación como mínimo. Hoy, me declaro fan incondicional del postureo saludable que abunda en las redes, del que corre, del que va en bici, de la que hace yoga, del que come sano, del que está en la piscina, en el parque, en el gimnasio… bueno no, el postureo de gimnasio me saca de quicio.

Para muchos seremos “esos locos que corren”, los de la moda del “running”, esos pringados que ya no conciben levantarse a las 11 de la mañana un domingo. Pero hay algo más detrás de ese friki vestido de Kalenji. Hay un ejemplo de motivación y fuerza de voluntad. Hay una persona que se calza unas zapatillas mínimo 3 veces a la semana por un objetivo. Unos se pegan el madrugón antes de ir al trabajo, otros sacan la motivación de donde pueden al volver de la oficina con más ganas de tirarse en el sofá que de ponerse las mallas, otros apmario-2rovechan que su hijo tiene natación y saltan al ruedo con el tiempo justo pero suficiente y así cada uno busca tiempo en su día a día para dedicarse, para recordarse a uno mismo que sus ilusiones también son importantes y cuidarse merece un hueco en esas apretadas agendas. Ese friki vestido de fosforito que se pone a tu lado en el semáforo lleno de sudor mirando su reloj seguramente se acueste muchos días con dolor en los gemelos, en los pies o en las espalda pero no se plantea pedirse una baja, se cuida porque quiere, porque necesita estar bien cuanto antes. Ese friki que habla de entrenos de 5×500 de 3×3000, que no sé qué dice de recuperación, de series, de media de 5, ese experto en matemáticas tiene hijos y están creciendo viendo como sus padres dedican tiempo a cuidarse sea de la forma que sea, y ellos de mayores sabrán qué hacer deporte no es un capricho, ni una moda, es algo que forma parte de sus vidas. Ese friki obsesionado con el tiempo y la distancia al volver de una carrera sus padres le preguntan – ¿Has ganado hij@? Y responde que no con timidez al tiempo que celebra interiormente y en solitario que ha hecho su mejor marca pero ellos no entenderían porque se alegra tanto si ha quedado en el puesto 6.851. Ese motivado organiza su vida para lograr su objetivo, para unos será simplemente socializar, otros quieren mantenerse en forma, otros ser más rápidos, perder peso, un maratón, es una simple meta pero un gran paso de superación para los que la cruzan.

No sé cuándo empecé a formar parte de esta secta de corredores, pero aunque muchos no lo entiendan es curioso cómo nos empuja a afrontar retos dentro y fuera del asfalto. Que no, no siempre es divertido, pierdes el ritmo, te lesionas, caes, crees que no puedes seguir pero si todo fuera fácil no sería lo mismo. Y con ello aprendes que en la vida las cosas funcionan igual, funcionamos por objetivos, metas, sueños. En ocasiones vamos a destajo y nuestro cuerpo y mente nos avisan que no podemos seguir así y debemos bajar el ritmo, a veces incluso parar. Pero lo más importante es tener un objetivo, un sueño y no perderlo nunca de vista porque sólo tú sabes lo importante que será cruzar la meta.

Bueno, y después de ésta reflexión tan profunda debo admitir que Lidia me tiene “hasta los cojones” con la preparación del Maratón. Tengo los gemelos que para estirarlos les tengo que pedir permiso, ¿Ejercicios de fuerza? Youtube se ha convertido en mi mejor amigo, ahora sigo a todos los “runners” de Instagram y cotilleo sus entrenos y sus tiempos, si vieran los míos pensarían que voy andando. Ya no me quedan excusas para los días que llego cansada a casa y pagaría por saltarme el entreno y tirarme en el sofá viendo First Dates de principio a fin, y eso de que el domingo es el día de descanso ha perdido todo el sentido. Sí, soy de esas “runners” quejicas pero debo admitir que, a pesar de todo el esfuerzo, esta ilusión me ayuda a desconectar y me hace sentir muy bien.

¿Y tú? ¿Con qué te ilusionas?

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7 Una carta de despedida

Tú,

Entraste en mi vida de una forma tan sutil que un día abrí los ojos y ya formabas parte de la misma. Quizá si hubiera visto quién eras realmente y lo que provocabas en mí te hubiera invitado a que te fueras muy amablemente, pero cuando me di cuenta ya era tarde y era presa de la seguridad que me proporcionabas.

Confiaba en ti, confiaba tanto en ti que batallé mucho por mantenerte a mi lado, he ignorado críticas, te he defendido como a nadie, tanto, que no me costó alejarme de aquellos que no entendían que formaras parte de mi día a día. Yo me sentía bien a tu lado, sentía que me querías y que te preocupabas  por mí, sentía que  tus consejos eran sinceros, que tus caricias eran de afecto y que cuando me decías “para, eso no puede ser bueno” lo decías por mi bien, para evitar caídas, para evitar frustraciones. Me gustaba como me tratabas, me hacías sentir especial.

Ha sido duro despertar y darme cuenta del daño que me estabas haciendo, de que me estaba convirtiendo en alguien que no quería ser. Ha sido duro descubrir la mentira en la que vivía y ver que tu única intención era dominarme. ¿Por qué? Porque sí, porque era lo único que sabías hacer. Me hacías creer que contigo estaba segura, que eras bueno para mí y que tenía suerte de tenerte. Cuantas puertas me cerré por ti, cuantas oportunidades perdidas, cuantas ilusiones frustradas, cuanta energía, cuanta vida perdida en esa relación. Culpa mía no darme cuenta antes, culpa mía no sacar valor para seguir sola.

Disculpa el resquemor que desprende mi carta y espero que entiendas la necesidad que tengo de sentirte lejos, bien lejos. Necesito levantarme, necesito crecer, necesito seguir adelante y con tu presencia es imposible.

Adiós amigo MIEDO, voy a intentar seguir sin ti.

Clara   FullSizeRender (4)

 

 

 

6 Me pinchan y no sangro

No sabes dónde nací, a que me dedico, si tengo hermanos, que me gusta hacer en mi tiempo libre, si soy de Coca-Cola o de Pepsi, si prefiero la playa o la montaña. Qué tipo de música me gusta, si me preocupa el medioambiente, si me intereso por la política o si soy de esas personas que escupe mientras habla. Si voy a comprar el pan maquillada o con la cara lavada, si tengo alguna fobia, manía o algún tic, si soy más de gatos o de perros, de Nesquik o Cola-Cao o si estoy o no a favor de las corridas de toros. A pesar de todo, ya sabes más de mí que muchas de las personas que me rodean, no es culpa de ellos, supongo que es cosa mía. Creo que en nuestro día a día hay una falta de naturalidad importante, una necesidad exagerada de ser aceptado que nos hace escondernos muchas veces, de lo que no nos damos cuenta es que en muchas ocasiones lo que escondemos es lo que las otras personas están esperando recibir para abrirse ellos también, y así vivimos todos escondidos como si hubiéramos matado a alguien. Y dicen que el ser humano es el mamífero más inteligente… ¿En qué se basarán?

–          A ver Clara, cierra los ojos, todo acabó, y ahora tu vida está creciendo por otro camino, ya no le quieres, ya no piensas en él.

–          Pero eso es mentira Blanca. Yo aún pienso en él.

–          Bueno, pues hoy vamos a vivir una mentira. Cierra los ojos, concéntrate. No vas a llorar, no vas recordar cosas que habéis hecho juntos, no te vas a preocupar por él. Solo piensas en ti, porque tú eres la mejor y tú ya no necesitas a nadie.

–          ¿Esto es lo que tú haces para no preocuparte por nada?

–          Clara, entre tú y yo, a veces hay que auto engañarse un poco. Créete fuerte, créete independiente, créete la mujer perfecta. Si no empiezas a creértelo…

–          Soy fuerte, soy independiente, soy la mujer perfecta. Soy fuerte, soy independiente, soy la mujer perfecta. Soy fuerte, soy independiente, ¡soy la puta hostia!

Debo reconocer que estaba nerviosa, han pasado más de 6 meses desde la última vez que estuvimos cara a cara en la misma mesa. No quise coincidir con él los días en que fue recogiendo sus cosas, lo sufría en soledad cada tarde cuando venía del trabajo y veía que la casa estaba cada vez más vacía, como se iba vaciando mi vida durante aquellos días. Temía verlo y volver a atrás con todo lo que me estaba costando levantar  cabeza, pero tenía que hacerlo. No solo quería que firmara la renuncia del contrato de alquiler, para mi verlo era una prueba de valor.

Me dio un vuelco el corazón cuando lo vi llegar de lejos, se me aceleró el cuerpo durante unos minutos haciendo que nuestro saludo fuera frío y superficial, aunque no podría haber sido de otra forma.

–          ¿Qué tal? ¿Cómo estás? – Me anticipé mientras nos dábamos dos besos casi sin tocarnos.

–          No me puedo quejar – contestó.

–          ¿Qué tal tus padres?- pregunté de nuevo.

–          Bien, se han ido unos días al pueblo.

–          ¿El trabajo? – seguí con el protocolo básico.

–          La verdad que muy bien, me subieron el sueldo hace dos meses y ahora en dos semanas tengo vacaciones.

–          ¿Y los chicos?

–          Como siempre…

Saqué los papeles que me tenía que firmar aprovechando que se había hecho un silencio. Me tranquilizó verlo nervioso, estaba harta de ser la que lo sufría todo. Cuando dejó el boli tras firmarlos se quedó mirando a la nada durante unos segundos que fueron eternos.

–          Clara  ¿Tú cómo estás?

–          Estoy mejor, no ha sido fácil, la verdad.

–          Clara yo nunca quise hacerte daño

–          Lo sé.

–          Yo me sentía…

–          No es necesario, de verdad. Ya no es necesario.

–          Es que, no sé qué decirte.

–          Pues me puedes decir que tal estás “de verdad” porque yo tampoco puedo quejarme pero porque Lidia no me deja porque si fuera por mi… Me puedes decir que tal están tus padres “de verdad” porque cuando van al pueblo es que algo ha pasado. Y doy por hecho que en el trabajo siguen sin pagarte las horas extras y por eso han preferido subirte el sueldo. Y tú odias las vacaciones en agosto…

–          Jajaja. Te veo muy bien Clara, estoy sorprendido.

¿Estoy sorprendido? ¿Qué esperaba? ¿Verme llorando y suplicando que vuelva a mi vida? ¿Verme tirada por el suelo, sin haberme duchado en cuatro días, sin haberme depilado las cejas y con la ropa más vieja del armario porque no tengo ganas ni de poner una lavadora? Bueno, si me llega a ver hace unos meses…

Estuvimos hablando media tarde, a ratos dolía, a ratos no, pero era un dolor raro, era distinto. Estaba tan guapo… pero tan diferente. Era una situación muy extraña, era una situación a la que había temido durante meses y ahora que estaba expuesta a ella, sentía que no era para tanto, que lo había exagerado todo. Me sentía fuerte, me sentía segura, tenía la sensación de que todo lo que había sufrido estos meses había tenido su recompensa y ahora, expuesta al peligro me sentía bien. Quizá la preparación moral de Blanca había tenido éxito “Soy fuerte, soy independiente, soy la mujer perfecta”.

Reconozco que fue muy gratificante quitarme ese peso que tanto me preocupaba ¡Qué alivio! ¡Qué bien estaba! Decidí volver a casa andando para saborear el momento, sentía que volaba, me sentía tan bien… Como cuando acabas el último examen de selectividad o de la carrera, o cuando apruebas el examen práctico de conducir después de tantos nervios, como cuando el policía te para mira el coche y te dice que puedes seguir, o cuando un funcionario revisa todos los papeles que has preparado y te confirma que es toda la documentación que necesita, esos momentos de placer que te da la vida… pues yo flotaba entre esas sensaciones hasta que se desintegró la nube sobre la que andaba y me pegué una buena hostia.

Se  rompió el hechizo que inundaba mi tarde cuando me di cuenta de que llevaba varios días sin abrir el Facebook. Y al mismo tiempo que reconocía lo bien que me sentaba alejarme de las redes sociales estaba abriendo las mismas como si fueran mi premio por haberme ausentado de ellas,  lo sé, algo poco inteligente y con poco sentido, llámalo masoquismo, llámalo dependencia,  llámalo “dame veneno que quiero morirme” y así me quedé cuando abrí el “putofeisbucdeloscojones” ¿Cómo me quedé? Muerta, me quedé muerta, bloqueada, paralizada, “en shock”, descolocada, helada, de piedra, me pinchan y no sale sangre. “To loca”, me quedé “to loca”.

Y como en toda situación de emergencia llamé a mi 112 particular, a mi comodín de la llamada, ese 1UP escondido que todos sabemos dónde está y te salva de un Game Over en el punto álgido de la partida, ese vaso de agua en pleno desierto…

–          ¡Mamá, que esta con otra el hijo de puta!- me anticipé al oír como descolgaban el teléfono.

–          Soy tu padre y como me lo encuentre por la calle le voy a decir cuatro cosas al desgraciado ese.

–          Papá, dile a mamá que se ponga – oí como el teléfono cambiaba de interlocutor.

–          ¿Qué está con otra? Sal a bailar cariño, será por hombres…- oí a mi abuela de fondo y  por fin le dieron el teléfono a mi madre.

–          ¿Qué dices hija? ¡Anda que ha tardado! ¡Menudo capullo! Clara, tu puedes con esto y con lo que te pongan, 9 horas de parto para que venga un gilipollas a hacerle daño a mi niña ¡nos ha “jodío”!

Y rompí a llorar como solo con mi madre puedo llorar, y rompí a reír como solo ella me hace reír. Y rompí en general, como cuando llevas tiempo queriendo explotar pero algo te lo impide, rompí como hacía tiempo que tenía que tenía que haber roto.

 

final 5

5 La dama de hierro

Últimamente los días han ido pasando sin más. Nada bueno, nada malo, todo neutro, todo gris, todo vacío. Estoy mejor, ya no hay llantos de desespero, ni tardes tirada en la cama dejando que pasen las horas sin más. Ya no hay recuerdos que me cambien la cara, ni miedo a que me pregunten como estoy. Ya no espero una llamada que haga que todo vuelva como antes. Ahora estoy en una mudanza mental en la que aún me queda alguna caja por cerrar y muchas de ellas por abrir. Tengo un puñado de ilusiones atascadas pero me faltan las ganas, que aún no se atreven afinal 5 salir.

Hoy me disponía a tomar el segundo café de la mañana cuando me he dado cuenta que en la puerta asomaba una carta. Puesto que vivo en un 4º sin ascensor, que sumando el entresuelo es como si fuera un 5º, he descartado que el  cartero tuviera ese detalle, por lo que me he empezado a cagar en mis vecinos antes de tiempo ¿De qué se quejarán éstos ahora? Pensaba mientras la abría. Esa carta, ese trozo de papel doblado, ese sobre blanco para muchos insignificante, llegaba en el momento adecuado y quién la dejó ahí lo sabía…

Se ha demostrado que la memoria graba más intensamente aquellos recuerdos que arrastran una carga emocional intensa. No recuerdo exactamente cuántos años han pasado de aquel día, quizá once, doce, creo que más. Recuerdo perfectamente que era jueves, que las noticias se centraban en la campaña electoral,  y que esa mañana escuché por primera vez la canción “Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio”, como para olvidarla, madre mía… aún me pregunto si Laura se casó o seguirá siendo virgen. Llegaba tarde a un cursillo de inglés al que me había apuntado y justo ese día teníamos que hablar sobre cómo organizaríamos un negocio con cada uno de los compañeros como empleados. Éramos un grupo reducido pero aún no nos había dado tiempo a conocernos mucho, no recordaba los nombres de la mitad pero a pesar de que siempre he sido bastante cortada, me esforzaba en darme a conocer tímidamente. No obstante, mi experiencia hasta el momento me había dejado claro que todo grupo se divide en “el líder”, “los que le siguen” y “el resto”, y como no, yo siempre  he sido muy fiel “al resto”.  Aquel día respiré tranquila cuando al profesor anunció que Paula, iba a exponer la última y los demás lo haríamos en la próxima clase.

Paula, cuanto veneno escupía aquella víbora. Con Paula ya había coincidido dos años atrás en el primer nivel cuando ambas  vivíamos en plena adolescencia, ella vivía en su nube rosa de “soy la más guapa y la más lista” y yo vivía en mi submarino amarillo de  “yo soy normal pero lo superaré”. Ella siempre era la dueña de todas las aportaciones,  de los halagos del profesor, era la más simpática, la más graciosa… No conforme también con haberse ligado al guapito de la clase, tenía que ir machacando sutilmente a aquellos que no le lamíamos el culo. Y ahí estaba yo, nunca le reí una gracia, es cierto, pero es que nunca me hizo gracia. Era como en las series americanas, yo debía rondar los diecisiete años y ella era algo más joven, éramos algo mayorcitas para jugar a Gossip Girl pero aquello no se convirtió en una jaula de lobas porque yo no podía reaccionar ante sus ataques, me limitaba a bajar la mirada. Después en casa me repetía delante del espejo lo que me hubiera gustado decirle pero nunca tuve el valor de contestarle. Respiré tranquila cuando acabó el curso. Tras comprobar dos años más tarde que Paula estaba en mi clase de nuevo no me preocupé puesto que había pasado tiempo, e igual que yo sentía que había cambiado, confiaba en que ella también lo habría hecho. Que optimista, dos años después seguía siendo la misma “bicha mala” que siempre y yo seguía sufriendo sus ataques en silencio, como se sufren las almorranas.

No recuerdo en qué consistía el negocio que expuso Paula, de hecho, siempre me costaba entenderla pero si entendí perfectamente  a Jeffrey, el nativo que nos daba clase, cuando le preguntó al finalizar su exposición del negocio:

  • What about Clara’s position in your company plan? (¿Qué hay de Clara en tu plan de negocio?)- dijo Jeffrey.
  • Oh, I forgot that! She is too quiet and lacks character. I need enthusiastic and awake people. I would rather do not work with her for the moment, maybe in the future. (Oh, la olvidé. Ella es demasiado parada y sin personalidad. Yo necesito gente activa y motivada. Prefiero no trabajar con ella por ahora, quizá en un futuro) – contestó ella sin dejar de sonreír.

Y se quedó tan ancha. Se hizo un silencio incómodo en aquella aula, ni Jeffrey supo que decir ante semejante escupitajo en la cara. Ahora lo recuerdo con humor pero menuda hija de la gran…

Una voz dos filas atrás rompió el silencio:

  • What Juan says about Pedro, it says more about Juan than about  Pedro (Lo que Juan dice de Pedro, dice más de Juan que de Pedro) – dijo una chica de tez pálida que siempre se sentaba dos filas atrás.
  • Pedro? Who is Pedro? (¿Pedro? ¿Quién es Pedro?)- preguntó Jeffrey aún más descolocado.

Y aquella chica de tez pálida, de la que nadie recordaba el nombre, se hizo con las sonrisas de complicidad del resto de compañeros. Excepto de Paula, que intentó mostrar cara de indiferencia y Jeffrey, que no entendía nada. A partir de aquel día aquella paliducha se convirtió sin querer en la nueva líder de la clase, y Paula aunque en ocasiones seguía mostrando lo mucho que me quería, solo era una más. A pesar del cambio de roles que hubo en el aula, yo continué con el mío, el de “el resto”, con el que siempre me he sentido más cómoda.

Al terminar la clase me acerqué a aquella chica para agradecerle su muestra de apoyo.

  • Gracias por romper el hielo, me he quedado bloqueada. Soy Clara – le dije.
  • Hiciste bien en callarte Clara, a la “diva” esa le falta un hervor. Mi nombre es Lidia – contestó.

Y así fue como la caucásica llegó a mi vida. Lidia es una chica difícil, como te puedes imaginar, no es el muro de piedra que aparenta ser, es solo un rol que le permitimos llevar. Lidia ha tenido, y tiene, muchas fragilidades que esconde como si fueran pecados capitales, y es importante saber que cajones puedes abrir y cuáles no. Hace unos 4 años viví con ella una de las épocas más duras de su vida y aún me estremezco cuando recuerdo como esa “dama de hierro” que parece que no se puede romper, se desquebrajaba en mil pedazos al mismo tiempo que iba sacando el dolor con su sarcasmo, “maldita vida Clara, menuda broma más pesada” me decía entre lágrimas muchos de aquellos días. Me pareció buena idea convencerla para que se viniera a correr conmigo algunos días y así fue como conseguí que se aficionara al “atletismo de los domingueros” como lo llamamos nosotras, “el running” para la sociedad actual. Empezamos a vivir juntas momentos muy bonitos, nuestra primera carrera juntas, nuestras mejores marcas, nuestra primera medio maratón. Cuánto sufrimos aquel día, cuantas veces pensé en abandonar: -Voy a parar Lidia, no puedo más- le decía.  – Como dejes de mover el culo te doy un soplamocos que llegas a meta en tiempo record – me respondía entre bocanadas de aire. Cuanto lloramos al llegar. Hemos seguido corriendo todos estos años, y tras una sobredosis de endorfinas, nos prometimos correr juntas la distancia reina algún día. Durante unos meses parecía que íbamos por buen camino pero a mí me empezaron a ir mal las cosas, me pasaba el día en el trabajo y al llegar no me sentía motivada para salir a entrenar, mi relación empezaba a flojear, empecé a centrarme en otros temas y debo reconocer que dejé a Lidia algo abandonada en esta ilusión, algo que también la desmotivó a ella.

Abrí el sobre medio dormida, casi segura que sería alguna queja de los vecinos. Cuál fue mi sorpresa cuando me encontré la siguiente nota:

Por las veces en las que has estado ahí conmigo he decidido regalarte un objetivo, una meta, algo por lo que luchar. Para que te des cuenta de lo importante que es tener un horizonte hacia el que mirar. Para aliviarte un poco de ese vacío que siempre me dices que tienes. Y porque te estás volviendo una vaga.

Lidia

Y ahí estaba yo, sonriendo entre lágrimas con la inscripción de mi primer maratón en la mano. Me sorprendió su osadía con algo que ella sabía que para mí era tan serio, pero es cierto que es un buen momento y tengo tiempo suficiente para luchar por la ilusión que un día dejé a medias.

Y en ese momento me di cuenta de que hace días que el amor ya no me duele, pero esta sensación de vacío es muy molesta. Debería empezar a abrir cajas y elegir como quiero llenar mi nueva vida.

P.D: Discúlpame si te  pasas el día cantando “Amo a Laaauraaa, pero esperaré hasta el matrimonioooo”, es de esas malditas canciones pegadizas que solo puedes olvidar si la sustituyes por otra.

4 Mi disfraz de Beyoncé

Vaqueros recién lavados de los que cuesta meter, de los que cuando pegas el último “saltito” se quedan encajados de tal forma que sientes que tus muslos y tu culo se han convertido en los de Beyoncé y te crees igual de sexy. Camisa de cuadros ajustada, ya sabes, el toque masculino y femenino al mismo tiempo. ¿Tacones? ¡Venga valiente! ¡Noche de tacones! Pisando con fuerza, con elegancia, intentando aparentar que los llevas de forma habitual, como las presentadoras del parte meteorológico. Maquillaje sencillo pero con gracia. El pelo, media hora con la plancha echando humo. De fondo me acompaña “El ritmo de garaje” de Loquillo, me miro en el espejo y hago un “mini playback” en modo chulesco “Tu madre no lo dice, pero me mira mal. ¿Quién es el chico tan raro con el que vas?”  Perfume y preparada para lo que venga.

Lidia y Blanca ya estaban sentadas cuando llegué. Blanca es otro de mis grandes apoyos. Blanca es sencilla, simple, inocente, no suele darle más vueltas de las necesarias a las cosas. Su forma de ver la vida es fácil. Según ella lo complicado es saber lo que quieres, su teoría es que cuando lo sabes tienes que seguir un camino que no te haga perder de vista tu objetivo. ¿Lo consigues? Bien ¿No lo consigues? No hay nada peor que no haberlo intentado. Ella es así: ¿Quieres esto? A por ello. ¿Te sobra esto? Elimínalo ¿Ya no quiero esto? Cambio el rumbo  ¿Te pica? Pues rasca.

– Blanca, ¿Ya te has mudado definitivamente a casa de Marcos? – le pregunté.

– Sí, ya es oficial, no vivo sola –respondió.

– ¿Y qué tal? –preguntó Lidia.

– Muy bien.  Salvo algún día que echo de menos mis ratitos, hacer las cosas a mi manera, tonterías.  Bueno, lo peor de todo… Aún no me he hecho con el baño. ¡No he cagado como dios manda en dos semanas! –dijo bajando un poco el tono.

– Que fina eres… –añadió Lidia, a ella le incomodan mucho estas conversaciones tan naturales.

– A mí también me pasó cuando me fui a vivir con “aquel” (tengo prohibido mencionar su nombre). Crees que tienes confianza con alguien, que vuestra  relación es transparente y natural, es todo tan bonito… Hasta que te das cuenta que tu príncipe azul ¡es el causante de tu estreñimiento! Y el día que te vea con la mascarilla de arcilla en la cara… Saben de su existencia, pero cuando veas su cara…-le expliqué.

– Pues cuando veas su cara te cagarás del susto y…¡¡Problema solucionado!!  ¿En serio? ¡Temo que empecéis a  hablar sobre la última faja que os habéis comprado y creo que no podría soportarlo! –comentó Lidia con la esperanza de cerrar el tema.

Una cerveza, dos, tres, un cubata…Nunca hemos sido muy divas de la noche y las discotecas, pero sí de los bares y las cervezas y sin quererlo ni beberlo (es un decir, porque lo quisimos y lo bebimos, ¡Vaya que si bebimos!) estábamos metidas en un Irish Pub en plena Barceloneta. No sé quién tuvo tremenda idea, la gente que vive en Barcelona evita en cierta época del año las zonas masificadas de turistas y más por la noche. Llámalo alcohol, llámalo “Lidia se está meando”, llámalo “nos metemos en el primer garito que esté abierto”. Nos sentamos en la barra y en un intento de dejar el bolso apoyado en el taburete miré hacia el suelo y vi un papel de color anaranjado que me activó la alarma de… ¿Dinero? Como si fuera algo instintivo y sin muchas esperanzas de que realmente fuera un billete, de repente, me vi agachada entre una multitud de personas alrededor de la barra, lo cogí y de nuevo estaba sentada en el taburete con un papel en el bolsillo y la sensación de que me había petado el pantalón al agacharme. Intenté disimular por si lo había perdido algún adolescente borracho de los que teníamos alrededor. No está bien, lo sé, pero yo he estado borracha, yo he perdido dinero… ¡Y a mí ninguna alma caritativa me lo ha devuelto!

– ¿Clara? ¿Qué haces? –preguntó Blanca.

– Nada – respondí mientras me intentaba levantar.

– ¿Estás recogiendo colillas del suelo? –insistió ella.

– Creo que me he encontrado 50 euros – dije acercándome a ellas- No estoy segura, lo miro luego me está mirando el tío de atrás, disimulad.

Entre la tontería que llevábamos y la situación de “tengo un papel en el bolsillo pero no sé si es un billete” no podíamos parar de reír, adoro esos momentos. En esos momentos no dolía, no dolía nada.

Se nos fueron las horas en esa barra. Hablamos de mi pequeña evolución anímica, criticamos a la industria farmacéutica, opinamos sobre las mechas californianas, Blanca nos hizo spoiler del último capítulo de Juego de Tronos y le hicimos pagar una ronda. Aplaudimos el último Salvados de Jordi Ébole y los últimos chistes de Cabronazi en Instagram. Y como siempre solucionamos entre nosotras los problemas del gobierno actual ¿Cómo? Que lo averigüen ellos que para eso cobran. Nos aplaudieron por cantar y desafinar como nadie cuando sonó “Living on a prayer” de Bon Jovi. A Lidia la echaron dos veces del baño de los chicos hasta que le explicó al encargado que tenía un problema de “incontinencia urinaria precoz” y el baño de las chicas siempre estaba lleno, el pobre inocente la creyó.  Blanca empezó a decir que nos quería cada 10 minutos, Lidia se metía con ella cada vez que lo hacía y yo llevaba más 3 horas sin pensar y sin parar de reír. No dolía nada.

Al salir del bar nos dirigíamos a un pequeño pub que había cerca y de camino conocimos a un grupo de amigos que celebraban el cumpleaños de una de las chicas del grupo. Parecían gente muy abierta y nos acogieron enseguida para que fuéramos con ellos. A Blanca le costaba muy poco caer bien a la gente y  Lidia cuando bebía era muy graciosa, perdía ese pequeño toque de timidez que tiene con los desconocidos e igual que usaba su descaro para decirte cuatro cosas y caerte bien o mal, lo usaba para hacerte reír. Me quedé observando a cada una de esas personas con envidia, todos tan sonrientes, tan espontáneos, tan felices… Entre ellos una pareja de novios, diría que llevaban poco tiempo saliendo porque estaban demasiado pendientes el uno del otro. – El próximo fin de semana podemos ir a la montaña- le dijo ella. – Ah pues sí, podríamos pasar el día allí – le contestó él. Mis pensamientos se envenenaron en cuestión de segundos: “Y se creerán diferentes al resto del mundo, y pensarán que lo que están viviendo nadie puede igualarlo, que la vida es perfecta, que juntos van a comerse el mundo y que su felicidad está escrita para el resto de los días. Hasta que uno se canse y decida que todo se ha acabado, y claro el otro lo tendrá que entender ¿Por qué? Porque según él o ella “es lo mejor para los dos” ¿Por qué? Porque el más fuerte, lo habrá decidido así, es como la selección natural, Darwin siempre tuvo razón”

No sé si fue esa situación la que hizo que me llenara de ponzoña, solo sé que de repente  me dominó una sensación de tristeza y tuve la enorme necesidad de irme a casa. Y eso hice, sin decir nada a nadie cogí la dirección opuesta al grupo y me fui. Le envié un mensaje a Lidia aunque sé que me vio cuando me estaba yendo, ella sabía que era mejor dejarme ir.

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Me fui a casa andando, me apetecía estar sola. Me toqué el pantalón y sí, efectivamente lo tenía roto por el culo, debió romperse cuando noté aquel tirón al agacharme. ¿A quién pretendía engañar? ¿Vaqueros recién lavados para marcar más? Pero si odio los vaqueros recién lavados, si a veces me cuesta tanto ponérmelos que cuando lo consigo no sé si quitármelos y ducharme de nuevo del “sofocón” que me da de tanto esfuerzo. Me paré a quitarme los zapatos, el dolor de pies empezaba a ser insoportable. ¿Tacones para pisar con fuerza? ¿Cómo la presentadora del parte meteorológico? Sí yo soy y he sido toda mi vida de bambas y siempre he pensado que la presentadora se pone los tacones durante los minutos del parte y luego vuelve a su casa con unas Vans. ¿Maquillaje sencillo? ¡Pero si con el pastizal que llevaba cuando llegué a casa se podía hacer un Pollock! Los treinta minutos de plancha se fueron a la mierda cuando la humedad de la noche decidió desvelar que mi pelo no es liso y que tengo un remolino en el flequillo. La canción de Loquillo en este momento sería más bien “Cadillac Solitario” y os mentí, no me puse perfume, me puse una muestra de colonia que regalaban con la Vogue. En ocasiones me da por disfrazarme de alguien que se cree mejor, más guapa y más feliz, una pequeña dosis de autoestima pasajera. Si lo pensamos bien es un absurdo, detrás de ese disfraz seguimos estando mis inseguridades, mis miedos y yo.

Me he levantado con una resaca monumental y la boca como si hubiera comido cemento. He sonreído al recordar momentos, a pesar de todo, hacía tiempo que no me reía tanto. Últimamente paso del positivismo de la abeja Maya a la tristeza de Calimero en cuestión de segundos.

Por cierto, la noche me salió barata tengo 50 euros en el bolsillo.